Tomar la sartén por el mango

Numa P. Maldonado A.

Las últimas semanas de protestas violentas, destrucción de bienes públicos y privados, ataque  a los edificios de la  Fiscalía de la Nación y la Contraloría,  contaminación criminal del agua potable de la ciudad de Ambato, toma de  una Central Hidroeléctrica  e impedimento de exportación petrolera, entre otras acciones atentatorias a la tranquilidad y paz, y al trabajo y convivencia ciudadana, que nos causan malestar y sufrimiento  a todos, afectan especialmente a nuestros compatriotas más necesitados. Pero  no han hecho más que señalar nuestras grandes falencias y resaltar las más graves y peligrosas. Además de causar al Estado y a la Empresa pública, ingentes pérdidas económicas (alrededor de medio millón de dólares).

El presidente Lasso, todos lo reconocemos, empezó bien atacando el covid-19  y logrando resultados alentadores, que presentaron durante los tres primeros meses de su gobierno un inicial clima de tranquilidad y confianza, y  terminó el año el primer año de su mandato con un ordenamiento aceptable en la finanzas públicas. Pero no nos explicamos por qué razón paró en seco y  no avanzó más. Y, en lugar de hacerlo, comenzó a esgrimir ofrecimiento tras ofrecimiento, como el tantas veces promocionado Servicio de Salud Pública, en el rubro de entrega de medicamentos oportunos para enfermos necesitados, que lleva una espera de cerca de un año… Que si hubiera cumplido bien, unos pocos  de los más importantes, otro sería hoy el ambiente y panorama nacionales para él, pero especialmente para todo el país. No habría  este panorama de zozobra  y expectación que nos devalúa a todos y en el cual muchos de los indeseables esperan pescar a río revuelto.  Sin importarles con quien deban aliarse (o ya se han aliado) y, mucho menos, si sus acciones apunten a algo positivo en beneficio de todos.

Pero después de esta megacrisis no tan corta, que ojalá termine en pocos días porque ya nadie la aguanta, parece que la mayoría de gente sana,  que incluye a los más humildes y sin voz, y entre ellos a los pocos compatriotas que fungen de políticos honrados (y como tales son, realmente, valientes), nos hemos aclarado por lo menos cosas: 1) nuestro sistema político, justo el que por ley  comanda el Estado,  cada vez se degrada más, y en unos casos para tomar el mando y en otros para retomarlo y lograr impunidad, no duda en aliarse al dinero del narcotráfico y al extremismo fuera de foco, y   convertir el país es un narcoestado sin futuro;  y 2) hemos elegido un mandatario sin equipo político y sin condiciones de tal, que confunde la bondad con la fortaleza, y la oferta con la demagogia, como patrón gubernamental.

Cuando estamos al borde del abismo, y el presidente Lasso se ha salvado de la destitución por las justas, debería ahora más que nunca hacer  un mea culpa sincero y, como Buen Mandatario y Ser Humano,  dar honor a su palabra: gobernar para todos, pero principalmente para los pobres y esos “hermanos indígenas”, también mayoritariamente pobres y discriminados a lo largo de la historia, y terminar con dignidad y honorabilidad el mandato, antes de otro intento de desestabilización.  En estos momentos difíciles, estas podrían ser las mejores palabras de aliento para el futuro inmediato del Ecuador que se me ocurren.