El baúl de los recuerdos: “Chacho Vélez” y las ferias de integración fronteriza de Loja

Efraín Borrero Espinosa

Un día de 1966, Eduardo Vélez Granda, a quien en el seno familiar lo llamamos cariñosamente “Chacho”, llegó apresuradamente a casa y le dijo a Enriqueta, su bella y amada esposa a la que conquistó con las más galantes serenatas brindadas en Loja: carga el guaga porque inmediatamente nos vamos a Macará. Sorprendida le dijo: barajéamela más despacio ¿De qué se trata? Me destinaron para que me haga cargo de la oficina en esa ciudad a fin de desarrollar todas las tareas posibles para afrontar la sequía, le respondió.

Eduardo, de profesión veterinario, trabajaba en el Ministerio de Agricultura y Ganadería y se lo consideró el profesional idóneo para asumir esa misión, reconociendo su capacidad, pasión por el trabajo, honestidad a toda prueba, entusiasmo para ejercer las funciones que se le encomendaba y porque siempre mantiene el buen ánimo a pesar de las adversidades.

En la oficina, sus compañeros le dieron el fraterno abrazo de despedida y de buenos augurios. Mientras tanto, Enriqueta, sudando la gota gorda empacó sus tereques y tenía todo a punto para acompañar, inseparablemente, a su adorado esposo. 

Con el optimismo en alto llegaron al filo de la patria: a Macará, que etimológicamente significa “lugar hermoso digno de admirar”, tierra del ilustre Manuel Enrique Rengel Suquilanda, que por su famosa novela “Luzmila” ocupa un sitial elevado de la literatura ecuatoriana, además de otras obras literarias y su brillante trayectoria de vida. También es el terruño de distinguidas personalidades que han sobresalido por su fecundo servicio a la patria, pertenecientes a familias como los Mora, Arrobo, Jaramillo, Suquilanda, Román, Celi, García, Granda, Tandazo, Veintimilla, Correa, Bustamante, Hidalgo, Ojeda, Sotomayor, Guerrero, Campoverde, Vélez, Alcívar, Gallo, Ruiz, Dávila, Rodríguez, Reyes, Valdivieso, Gaona, Sánchez, Lazo, Carpio, Novillo, Gonzaga y Muñoz, de los que mi memoria recuerda.

Eduardo se sintió dichoso en la tierra de sus ancestros por línea materna. Su presencia fue acogida con beneplácito, porque además de su porte caballeroso le entra al canto. Hizo liga con Otto Mora quien le conversó sobre la dura realidad que se presentaba en Macará y en otros sectores de la provincia, por efecto de la sequía que ya comenzaba a provocar estragos.

En efecto, fue uno de los fenómenos naturales más fuertes que castigó duramente a la provincia de Loja, cuyo punto crítico fue en 1968. La sequía asoló los campos; las quebradas clamaban por agua y los ríos bajaron significativamente su caudal.

La desesperación cundía en la gente, especialmente entre campesinos que se vieron obligados a emigraron por miles a otras regiones del país, como Santo Domingo, La Concordia, la Independencia y el oriente ecuatoriano. Una terrible realidad que golpeó implacablemente a la economía de la población lojana.  

Las autoridades locales miraban impotentes tan desastrosa situación. Se gestionó la posibilidad de bombardear las nubes con yoduro de plata, un procedimiento para estimular a las nubes y así provocar lluvia, pero el país no contaba con aviones ni la tecnología apropiada para el caso.

Se cantaba el himno a Macará con verdadera unción cívica, pero sobre todo como una imploración que golpeaba las puertas del cielo. Aquel cántico cuya letra escribió Carlos Arrobo Carrión cuando estudiante del Colegio Bernardo Valdivieso, quien asistió a una velada artística en Macará en la noche de un 10 de agosto de 1930, y escuchó que la banda musical invitada interpretó el Himno del cantón Calvas. Poco tiempo después compuso las notas musicales.

Eduardo le dijo a Otto Mora y a un grupo de amigos: algo tenemos que hacer para compensar el infortunado momento que se vivía y solventar el problema económico de los macareños; no podemos permanecer cruzados de brazos. Se me ocurre organizar la Feria Internacional de Macará con la participación de los vecinos peruanos, al tiempo que propendemos a la integración fronteriza, y que sirva para solemnizar las festividades patrias del 10 de agosto. Brillante idea, te apoyamos incondicionalmente, respondieron todos.

Trabajó de sol a sol en la planificación del evento. El 10 de mayo de 1967 convocó a las autoridades y sectores sociales representativos para exponerles la iniciativa. Los emotivos aplausos de reconocimiento al gestor colmaron el local de la reunión. Unánimemente resolvieron establecer la Feria Internacional de Macará nominando presidente del Comité a Eduardo Vélez Granda y designando padrinos de honor al Presidente de la República, algunos ministros de Estado y autoridades provinciales, como para darle peso al asunto. Todo esto sin contar con un centavo partido por la mitad.

Eduardo, con la potestad de su investidura, abrió caminos por todos los frentes: elaboró el reglamento correspondiente, viajó a Sullana y Piura con los representantes de la Cámara de Comercio para invitar formalmente a las autoridades y sectores productivos del norte peruano, a fin de que sean parte activa del evento; y, dirigió una petición al Coronel Rafael Armijos Valdivieso, entonces Contralor General del Estado, para que interponga sus buenos oficios a fin de que se asigne la cantidad de ochenta mil sucres, a través de una partida extra presupuestaria, para solventar los gastos de ejecución de la Feria. El acercamiento lo hizo por intermedio de su cuñado, el “Zambo” Enrique Espinosa Suárez, uña y carne del Coronel.

Rafael Armijos, amante de su tierra, que acogió en la Contraloría a muchos lojanos, cumplió con su compromiso y viajó acompañado de Enrique Espinosa a Macará para personalmente hacer entrega del cheque por la cantidad solicitada, en manos de Carlos Román Hinostroza, Presidente del Municipio.

Alfredo Suquilanda Valdivieso, uno de los más destacados y representativos alcaldes de la provincia de Loja, ha reconocido con gratitud a Eduardo Vélez Granda como el gran gestor de la Feria Internacional de Macará; lo hizo recientemente en su 55 edición, haciendo notorio que el esfuerzo de 1967 fue enorme ya que no había puente internacional y todo se pasaba de un territorio a otro en botes o canoas.

En dicho evento, el Alcalde de Macará reafirmó el espíritu integracionista de la Feria Internacional de Macará, a fin de dinamizar la economía y estrechar los lazos de hermandad con el Perú. Trajo a la famosa orquesta Corazón Serrano que llenó el estadio con ocho mil gentes; al Trío Los Quipus y a otros artistas peruanos. Organizó concursos de danza, canto y oratoria binacionales, además de la feria de emprendimiento.

Cumplida su misión, Eduardo retornó a Loja para continuar sus labores en el Ministerio de Agricultura y Ganadería, en febrero de 1971. El entonces Prefecto, Clotario Espinosa Sigcho, le solicitó su colaboración para que la feria de Loja sea realmente de integración fronteriza, comprometiéndose a tramitar la respectiva comisión de servicios, como en efecto ocurrió.

Trabajó denodadamente junto con Adolfo Coronel Illescas, profesional que tanto beneficio cultural y artístico ha dado a Loja en el ejercicio de sus funciones públicas, además de su aporte intelectual.

Hablando de esa feria, Adolfo escribió: “Se fortalece en 1972 cuando los gobiernos de Ecuador y Perú celebran el convenio que crea las ferias de Integración Fronteriza, aprovechando los eventos tradicionales de Loja, Macará, Machala, Piura y Tumbes; integración llamada a procurar el desarrollo socio-económico de estos pueblos hermanos con metas y anhelos comunes…”

Con el decidido apoyo del General Carlos Enrique Aguirre Azanza, entonces Ministro de Relaciones Exteriores, Adolfo organiza el fastuoso e inolvidable Festival Internacional de Danza, como parte de la Feria, con la participación de delegaciones de México, Panamá, Colombia, Bolivia, Argentina y Perú. Realmente aquella feria septembrina fue espectacular.

Escuchando a “Chacho” Vélez los vívidos recuerdos de su vida laboral, es posible apreciar los valores y principios que deben caracterizar al servidor público honesto consigo mismo y con la institución en la que labora, a la que se debe servir con responsabilidad, disciplina, productividad, entusiasmo y alto sentido de pertenencia.