Numa P. Maldonado A.
Siete de diez ecuatorianos no creemos en la política porque los ejecutores de la misma, mal llamados “políticos”, salidos de remedos de partidos políticos (la corrupta partidocracia que nos ha gobernado por largos años), conducidos por falsos líderes, ha incumplido largamente el fundamental principio de la Política, conocido desde los tiempos de Solón y Pericles (hace 2.500 años) y definida como la ciencia y el arte del BUEN gobierno: la democracia.
Estos partidos de alquiler, sin principios y con idearios mentirosos, sin escrúpulos, que se venden al mejor postor y responden al interés de la cúpula o del caudillo e ignoran mañosamente la opinión de las bases (las falsas elecciones primarias para designar candidatos a nivel interno, son una prueba fehaciente de esta antidemocrática y común conducta), son, precisamente, los que han desprestigiado a la Política, en el caso de Ecuador, colocándola en el nivel más bajo de la escala de opinión ciudadana. Y pensar que, sobre esta caterva de malos candidatos impuestos, sujetos al control de mafias políticas aliadas con el crimen organizado, tenemos la obligación de depositar nuestro voto…
En el momento de la actual coyuntura partidista (prefiero no usar el adjetivo “política” para no desprestigiarlo), muy pocos candidatos para el corto gobierno transitorio, de las elecciones del próximo 20 de agosto, uno a dos de ellos, se ha referido a este asunto. Porque posiblemente entienden cuál es la verdadera y real importancia de la política y los políticos en la vida de un Estado: la de ofrecer bienestar a todos los ciudadanos con equidad, solidaridad, justicia y honradez. Justo lo que no se ha hecho por largos años en Ecuador. Y que los políticos de siempre jamás lo harán porque atenta a sus perversos intereses.
Si lográramos un gobierno honorable que reforme este régimen torcido de “partidos políticos” por otro basado en principios democráticos, al cual pudieran acceder nuestros más aptos ciudadanos, hombres y mujeres (no los más ricos por dinero mal habido, ni los más corruptos e incapaces), estaríamos inaugurando una nueva época; empezaríamos a salir del profundo fango en que estos partidos devaluados, nos han sumido.
Pero, también, estemos atentos a quién los dice. Aprendamos a reconocer las bonitas palabras falsas del demagogo contumaz de aquel que tiene visos de cumplir lo que ofrece (las palabras del pillo de las del honrado). Tampoco nos dejemos impresionar por las gruesas billeteras que pueden costear la más cara y sofisticada propaganda, que hace lindos montajes mentirosos para desprestigiar al contrario y resaltar con maestría la figura del estafador y corrupto. Estudiemos bien la trayectoria, contactos, ejecutorias y especialmente la formación ética y moral de cada representante de la oferta electoral (candidatos a presidente, vicepresidente y asambleístas), la conducta demostrada en sus visibles ejecutorias. En definitiva, hagamos lo posible por no dejarnos engañar por los maestros del engaño, que también son maestros de la corrupción.
