Un Dios cercano         

P. Milko René Torres Ordóñez

Hace varios años, en un encuentro de formación bíblica en el Celam, un experto en la materia nos compartió las claves para entender la historia de la Salvación: Dios, Pueblo, Alianza. Ellos se concentran en una sola frase: “Un solo Dios que se une en Alianza con su Pueblo”. Hablamos de una unidad única e indisoluble.

Dios se identifica con su Pueblo a través de una Alianza eterna. En el trasfondo del Nuevo Testamento, la Eucaristía nuestra fe, es sacramento de vida y de libertad. Dios habla al hombre de muchas maneras. San Agustín señalaba que esta comunicación se da al modo humano. Moisés, un líder escogido entre los hombres, es el amigo de Dios, con quien habla “cara a cara”. Seguramente nos preguntamos por la razón y el significado de este llamado que tiene una misión y una visión. Moisés tendrá que escuchar, transmitir la voluntad de Dios. Nos encontramos con un entorno sagrado que se arropa en el misterio. Israel, un minúsculo conglomerado humano, asume el gran reto: ser el Pueblo de Dios. Yahveh lo declara en primera persona: “Yo soy tu Dios…”. Una difícil tarea de la cual no puede desligarse. Esta Alianza fortalece un nivel de relación compleja. Nace una historia de amor y desamor. Dios es fiel. Israel, a cuenta gotas. En suma, la Alianza que se establece no debe quedar escrita en las piedras, sino en el corazón, como un sello transformante. El gran misterio de una nueva Alianza tendrá que entenderse en clave de un amor sin límites. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que tengamos vida en abundancia. San Pablo sostiene que, de esta manera, Dios rescata a la humanidad que perdió su brújula. Camina sin un norte definido. El pacto de amor es iniciativa divina. El Padre nunca abandona a sus hijos. Hablamos de un Dios amigo y cercano. Siembra la comunión desde la justicia. Jesús de Nazaret devuelve el rostro de humanidad al pueblo desleal e ingrato. Volvemos a retomar la teología de la identidad, tan necesaria para perennizar su existencia. La imagen del “pastor que se compadece” de su pueblo es tierna. Tiene entrañas de misericordia. Un connotado teólogo reflexionaba acerca del rostro materno de Dios. Al actuar como “Buen Pastor”, también lo hace como una “Buena Madre”. En la pedagogía de Jesús prevalece el imperativo de asumir el rol de auténticos pastores. Su testimonio, más allá de ser determinante en su misión, tiene que revestirse de un corazón que ama de verdad.  El Papa Benedicto XVI, en la Audiencia General del miércoles 30 de enero de 2013, manifestó que “sólo quien es verdaderamente poderoso puede soportar el mal y mostrarse compasivo; sólo quien es verdaderamente poderoso puede ejercer plenamente la fuerza del amor. Y Dios, a quien pertenecen todas las cosas porque todo ha sido hecho por Él, revela su fuerza amando todo y a todos, en una paciente espera de la conversión de nosotros, los hombres, a quienes desea tener como hijos. Y Dios, a quien pertenecen todas las cosas porque todo ha sido hecho por Él, revela su fuerza amando todo y a todos…”, porque espera nuestra respuesta.