El saber lingüístico desde la educación del conocimiento

Galo Guerrero-Jiménez

Utilizar conscientemente el saber lingüístico que lo aprendemos a lo largo de toda nuestra existencia y, en especial, para poder realizarnos plenamente desde las disciplinas de estudio que hayamos escogido para proyectarnos profesionalmente en la vida, o a través de una ocupación de la cual vivimos, y en consonancia con nuestra relación social desde una efectiva formación del conocimiento, es quizá una de las herramientas del pensamiento y del lenguaje humano más significativas al cual debemos darle el valor que le corresponde en el ámbito de la convivencia, ante todo porque, el saber lingüístico desde el componente cognitivo del “lenguaje nos ha permitido dar el gran salto en la progresión y difusión del conocimiento, la humanidad debe afrontar el reto de resolver las desigualdades frente a la vida y el conocimiento, no tan solo por razones de simpatía entre individuos de una misma especie, sino también por razones de supervivencia del conjunto” (Acarín, 2018) humano que desde el lenguaje debidamente razonado y axiológicamente procesado en nuestro cerebro, elabora en el diario vivir un conjunto de ideales que pragmática, ecológica y políticamente desde la palabra conversada, leída, escrita, escuchada y gestualizada desde nuestra corporalidad, debe sembrar en lo humano compromisos de idoneidad lingüística y de un accionar que en la práctica de las diversas actividades cotidianas debe corresponderse con respuestas que permitan la convivencia desde la reflexibilidad de un lenguaje que, en efecto, sea saludable, apropiado, elocuente y digno de plasmarse estética y éticamente en cada ciudadano que en calidad de persona sabe pregonar su existencia en los hechos sencillos y complejos de la convivencia humana.

Por supuesto, el saber lingüístico implica educación y selección de la enorme información que hoy, en la era digital pulula en los medios escritos y virtuales que, desde la tecnología más avanzada, se tiene acceso con relativa facilidad. De ahí que, dentro del ámbito de la educación formal, “las nuevas escuelas deben formar a los ciudadanos para utilizar de modo eficaz y creativo la información que rodea y llena sus vidas. El problema no es ya la cantidad de información que los niños y jóvenes reciben, sino la calidad de la misma: la capacidad para entenderla, procesarla, seleccionarla, organizarla y transformarla en conocimiento; así como la capacidad de aplicarla a las diferentes situaciones y contextos y a sí mismos, en virtud de los valores e intenciones de los propios proyectos personales o sociales” (Pérez Gómez, 2012), e incluso, familiares y profesionales que, al revestirse de un saber lingüístico conscientemente asumido, les nacerá el deseo de aprender, de estudiar, profesionalizarse, realizarse y correlacionarse desde el razonar y emocionar con un espíritu altamente creativo, científico, artístico, cultural, literario y/o humanístico, según sea la inclinación que se tenga por estas disciplinas de estudio.

Desde esta realidad óntica, debe planificarse permanentemente un proceso de educación altamente crítico y en todas las esferas de la sociedad, de manera que, tal como lo manifiesta el científico Steven Pinker, “las cotas de la racionalidad que con tanta frecuencia no somos capaces de alcanzar deberían constituir un objetivo de la educación y de la ciencia popular. Del mismo modo que los ciudadanos deberían comprender los principios básicos de la historia, la ciencia y la palabra escrita, tendrían que dominar las herramientas intelectuales del razonamiento certero. Estas incluyen la lógica, el pensamiento crítico, la probabilidad, la correlación y la causalidad, las maneras óptimas de ajustar nuestras creencias y comprometernos con decisiones racionales tanto en solitario como con otras personas” (2021) con las cuales deberíamos actuar desde una auténtica alteridad político-ecológica y de valoración ideológico-contextual con el prójimo, que es con el cual cobra validez nuestro saber lingüístico.