Revive ciudad

Sandra Beatriz Ludeña

Hace tanto tiempo que teníamos abiertos los ojos, que no mirábamos. Con la pandemia la ciudad se durmió sin plazo para despertar, todo quedó paralizado, sin permiso de ser, hasta que logremos despertar por nosotros mismos a una nueva realidad.

Se anuló la socialización y con esto la naturaleza de existir, ya no somos para lo que somos. Los negocios viven su negación: un restaurante ya no puede servir comida a los comensales, un cine ya no puede tener un público para sus películas, un peluquero no puede arreglar el cabello al colectivo de cabezas reunidas en su salón de belleza; todo parece un desquicio.

Aún con el recelo del virus enfriando nuestra piel, buscamos la manera de volver a ser lo que siempre fuimos, revivir las ciudades.

Desde que hay permiso para salir del aislamiento, veo, miro y me maravillo. Resulta que hace tiempo que no me alegraba por cosas triviales. Así, ser expectante de los autobuses rojitos circulando por las calles me llena de energía y ni se diga, de los otros multicolores que me dan esperanza. Voy a la papelería, veo que está abierto y hay una sensación de calma inusitada; paso por el almacén de lanas saludando a su propietaria y me llega un aire tibio de tranquilidad. Por la panadería o el súper mercado, en el encuentro amigable hay vida. Qué cosa tan maravillosa.

El mundo del servicio ha vuelto a florecer, voy por las aceras mirando la fila de locales comerciales abiertos, están los abogados, los contadores, los suministradores de telefonía, los que hacen copias de todo, los que venden sueños y ensueños, también los que dan pesadillas. Las instituciones públicas, los que cobran impuestos, los que ofrecen seguridad en toda esta inseguridad y así muchos más. Parece que la normalidad ha vuelto más real que de costumbre.

La ciudad gris vuelve a colorearse de asistencias, de acciones productivas, de actos destinados al bienestar del otro. Recuperamos el sentido de la vida.

Fue un paro para reflexionar en las cosas pequeñas que ensanchan la existencia. Ahora podemos ver con más claridad y valorar aquello que antes era invisible.

Quizá nunca imaginamos que las calles podían caerse, que nos quedaríamos sin piso y sin color. Porque es eso lo que vivimos, no poder pisar la calle con la tranquilidad de antes, no poder respirar libremente, es algo de otro mundo. Hoy las circunstancias obligan a ser conscientes. En este momento, hasta lo más intrascendente es vital, cosas como sentir el golpe del viento en el rostro, es vida.

Consciente de mi fragilidad humana, de mi dependencia como ser sociable, afirmo que vivimos en una red que se comunica indefectiblemente. La vida de los otros (nosotros) es vital y tiene el poder de revivir hasta el asfalto. Revive ciudad, revíveme.