La educación cognitiva y neurolingüística

Galo Guerrero-Jiménez

La creación de campos armónicos en todos los espacios de la vida cotidiana es una de las acciones más saludables, la más creativa, inherente, fecunda, e incluso radical para que la existencia humana se fragüe sobre la base de una educación cognitiva y neurolingüística que permita enfrentar los nuevos retos que, por el desarrollo de la ciencia, de la tecnología, de la economía y de la salud orgánica y mental, nos exigen nuevas maneras de reflexión axiológico-antropológico-filosófica frente a la infinidad de problemas éticos que se derivan de estas disciplinas y que, por ende, nos exigen respuestas adecuadas para marcar un nuevo orden de realidades que apacigüen la ansiedad, la angustia y otro tipo de problemas mentales que se evidencian fenomenológicamente dentro del marco comunicativo que ejercemos a diario con la naturaleza, con en orden divino y con el prójimo al cual nos debemos.

En efecto, todo accionar humano tiene una razón de ser. “Nada es mudo; nada es aislado. Todo está envuelto por todas partes por un flujo sin fronteras de mensajes” (Colombero, 1994) que son emitidos segundo tras segundo a través de los gestos corporales, de la oralidad, de la escritura y de la lectura de cuanto se puede ver e interpretar. Pues, aquí nace un modo peculiar de relacionarse con uno y con los demás. El problema es, ¿cómo es esa relación, cómo la asumo, de qué manera, con qué intenciones y con qué talante de mi idiosincrasia humana me proyecto? Y si no, fíjese en la cantidad de información que se emite, que se procesa, que se crea y se interpreta en las redes sociales y en la personalidad de cada ciudadano, frente al problema que hoy afecta al mundo entero: la pandemia del coronavirus.

Toda esta enorme cantidad de información y de actuación es producto de nuestra educación cognitiva y neurolingüística, dado que “es el cerebro el que da forma a nuestros pensamientos, recuerdos, sentimientos, creencias, percepciones, sueños e imaginación; es la sede de nuestras esperanzas, deseos, odios y amores y es el responsable de lo que vemos, oímos, tocamos, olemos, degustamos y de todo movimiento que realizamos. Es decir, cada aspecto del comportamiento se lleva a cabo por este órgano fascinante y de una complejidad única” (Manes y Niro, 2018) para actuar en cada ser humano de conformidad con una serie de factores ambientales y contextuales que paulatinamente van moldeando nuestra conducta para actuar no solo cerebral, sino desde un marco corpóreo-espiritualizado, cuya imagen está representada simbólicamente con el corazón de una moralidad avanzada o cínicamente construida a imagen de la debilidad o disfunción cerebral que represente ese individuo.

Desde esta óptica, y tal como señala Vicent Gonzálvez, “el corazón de la moralidad avanzada y propiamente dicha lo forman, pues, el conjunto de derechos y deberes individuales atribuidos a cualquier persona, los cuales permiten aproximarnos a la resolución de conflictos de acción surgidos en el seno de las relaciones y códigos de conducta humanos” (2000) que, en realidad, se efectivizan cuando se actúa desde una adecuada proyección neuro-fenomenológico-lingüística “para encontrar las mejores opciones de sobrevivencia y calidad de vida” (Trigo, 2013) desde la enunciación de un lenguaje personalizado extático-espiritualizado y socio-cultural debidamente asumido en cada individuo que tiene el deseo de actuar sanamente en todo momento y en las diversas circunstancias de la vida.