Una voz que no se escucha

P. Milko René Torres Ordóñez

“¿Dónde están los teólogos reflexionando sobre el Covid-19, la pandemia, la crisis sanitaria mundial, Dios, el sufrimiento?, me preguntó un amigo sacerdote a fines de marzo. Dos días después, una buena amiga me hizo llegar Sopa de Wuhan, compilación de 20 ensayos y artículos de filósofos y pensadores, ningún teólogo, publicados entre el 26 de febrero y el 28 de marzo de 2020” (M. Alarcón Álvarez, Coronavirus contigo.

Fue necesario escarbar en las redes sociales para encontrar pensamientos críticos. Los encontramos. “Afortunadamente, junto a los terroríficos noticiarios televisivos sobre la pandemia, aparecen otras voces alternativas, positivas y esperanzadoras” (V. Codina). La razón: somos vulnerables, necesitamos unos de otros, estamos interconectados globalmente, para el bien y el mal.

Coincido con Codina: “No estamos ante un enigma, sino ante un misterio de fe que nos hace creer y confiar en un Dios Padre-Madre-Creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros, es el Emanuel; creemos y confiamos en Jesús de Nazaret que viene a darnos vida en abundancia, por medio de la Palabra en la comunidad eclesial. ¿Dónde está Dios? Está en las víctimas de esta pandemia, en los médicos y sanitarios que los atienden, en los científicos que buscan vacunas antivirus, en todos los que en estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza. Está en los niños, los jóvenes, las familias, sedientas de conocer, aprender, educarse. “Quizás nuestra pandemia nos ayude a encontrar a Dios donde no lo esperábamos”.

Una habitual paradoja, que hiere el sentido común y debilita el concepto de los derechos humanos, es resignarnos a admitir que la educación no es un eje básico en la política de este gobierno. ¿Debe empezar la reactivación socio-económica sin la educación? En el régimen de la Costa las actividades académicas empezaron el 1 de junio, Día del Niño. Me pregunté: ¿Cuándo volveremos a encontrarnos? Al tiempo de preparar discursos, sentí inercia culpable. Tendría mucho que decir. Quizá, algo que inaugurar. Sin embargo, debo apropiarme de las palabras de Jesús: “Dejen que los niños vengan a mí; no se lo impidan, porque de los que son como éstos es el reino de Dios” (Mc. 10, 13).

Continuamos el camino, a tropezones, con aciertos y errores. Firmes en los objetivos, altivos en la misión. En las manos de Dios, principio y fundamento de todo. “Dios está presente no como aquel que evita el dolor del mundo, sino como aquel que lo padece y soporta y, entonces, es el hombre quien está llamado a evitar el sufrimiento de Dios en la historia” (M. P. Moore). Educar es formar hombres libres, con corazón ardiente, con mente crítica, y con sana rebeldía. El educador refresca el ideal del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Gracias a los maestros y a los niños.