El mundo de Sofía

Santiago Armijos Valdivieso

Hace unos años, mi hija Daniela, entonces estudiante de colegio, me pidió que la guiara en el cumplimiento de una tarea estudiantil que consistía en escribir un ensayo corto respecto a los filósofos jónicos, tomando como base, el libro “El mundo de Sofía”, de autoría del noruego Jostein Gaarder.

Con la intención de ayudarla adecuadamente, leí con atención la obra y puedo decir que se trata de un libro excepcional y enriquecedor, cuyo contenido claro y didáctico ya me hubiera encantado conocerlo en mi formación colegial para dimensionar a la filosofía como madre de las ciencias y guía de toda virtud. Por otro lado, al leerla de principio a fin, sentí un enorme beneplácito al constatar que mi hija y sus compañeros disponían de una maravillosa herramienta para conocer la sabiduría de Sócrates, de Platón, de Aristóteles y del resto de astros luminosos del pensamiento.

De ahí, la valía de este libro en el que se reivindica con sencillez la importancia de los saberes sustanciales, en un país como el nuestro, en el que no se le has dado suficiente atención al momento de formar estudiantes y profesionales, quienes, a causa de ello han sido privados de la luz bienhechora, que es la filosofía, para despejar la espesa neblina que cubre las grandes incógnitas de la humanidad como por ejemplo: ¿De dónde viene el mundo?, ¿Quiénes somos y por qué vivimos?, ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia?, ¿Hay otra vida después de la muerte?, ¿Los humanos estamos más cerca del bien o del mal? o ¿Cómo deberíamos afrontar la vida?

Ante ese grave descuido educativo, existe este libro fenomenal que abre sus páginas para revelarnos el enorme valor de la filosofía, mediante una atrapante novela protagonizada por Sofía Amudsen, una inteligente quinceañera, quien acepta el reto de estudiar por correspondencia un adictivo curso para explorar los conceptos fundamentales de la historia de la filosofía occidental, desde las sustanciosas reflexiones de Tales de Mileto, Anaxímenes y Anaximadro, pasando por los filósofos griegos, y siguiendo con los pensadores del medievo, del renacimiento, de la época barroca, del romanticismo y del existencialismo, hasta llegar al período de los grandes filósofos contemporáneos.

Seguramente, en estos tiempos en los que la terrible pandemia del coronavirus nos ha recordado la pequeñez y la fragilidad que marcan nuestro existir, cobra mayor necesidad acercarnos a la filosofía para no sentirnos tan insignificantes, para fortalecernos interiormente y para entender que, por mil razones y a pesar de todo adversidad, la vida merece ser vivida intensamente en todas y cada una de las maravillosas etapas que forman parte del ciclo temporal asignado al ser humano.

No hay duda. El que lee filosofía se convierte en una especie de buceador, quien, alejándose de lo superficial y lo mundano, se sumerge en las profundidades de lo sustancial y lo trascendente para alcanzar la inmunización a los nocivos efectos de la intolerancia quemante, a las atrevidas falacias sociales, al veneno paralizante de la indolencia y a las imposiciones ideológicas que despellejan la personalidad, la dignidad y el raciocinio individual.

Por todo ello, porque nos concierne a todos y aunque el tiempo escasea en este frenético mundo, vale la pena hurgar en los bolsillos de nuestra existencia hasta encontrar un espacio para leer filosofía; empezar por la obra “El mundo de Sofía” es un gran paso para alcanzar una mejor versión de nosotros. Al fin y al cabo, cuanta razón tuvo José Ortega y Gasset al decir que: “Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión”. Me atrevo a agregar: la filosofía es para el hombre, lo que el agua para la vida.