Otra pandemia que ocultamos cuidadosamente

Luis Pineda

Hay pandemias que no podemos ocultar y para combatirlas nos unimos presurosos, pero, hay otras pandemias que preferimos disimular y procurar que nadie se entere de su existencia. Una de esas pandemias es el racismo que, desde el lenguaje cotidiano hasta las relaciones personales, sociales y profesionales nos inunda.

En estos últimos meses, el asesinato del afro George Floyd, en plena calle, a manos de un policía blanco, ha destapado esta pandemia. Para profundizar en el tema, les compartimos unos fragmentos del artículo de Frei Betto “Gracias, George”:
“Aprendí con el cristianismo, querido George Floyd, que la sangre derramada por los mártires riega la tierra y produce frutos en abundancia. Desde aquí en Brasil, al sur del mundo, donde tiene lugar un genocidio por la negligencia del gobierno frente a la pandemia del Covid-19, le agradezco a Dios por el don de tu vida. Tu sacrificio no fue en vano.

Como declaró Gianna, tu hija de 8 años, “mi papá cambió de mundo”. Golpeado, te levantaste; humillado, te engrandeciste; asesinado, vives para siempre en la memoria de todos nosotros, que gritamos indignados “basta” de racismo.

Antes que tú, millones de mujeres y hombres negros fueron esclavizados, violentados, colonizados y segregados, considerados seres despreciables, inferiores, abyectos. Ni la sangre de Zumbi dos Palmares y de Martin Luther King, cruelmente asesinados como tú, fue suficiente para callar a los racistas, reducir la extrema violencia de la policía usamericana y convencer a familias, escuelas y gobiernos de que adoptaran pedagogías eficaces contra el prejuicio y la discriminación.

Ahora, George, tu dolor da valor. Las calles del mundo se ven inundadas por protestas que nos inducen a ser intolerantes con los intolerantes. Clamar en público por derechos y respeto es más importante que mantener el aislamiento social para preservar vidas.
Hasta en nuestros parlamentos, George, los políticos se arrodillan como señal de protesta y guardan 8,56 minutos de silencio en reverencia a tu memoria. Quiera Dios que ninguna otra rodilla se doble sobre el cuello de un negro, un indígena, un refugiado o un excluido.

Te agradezco, George, porque tu sacrificio obliga a los gobiernos a insistir menos en el aparato policial y más en políticas sociales. Ahora las academias de policía comienzan a revisar sus currículos para introducir clases de ética, de derechos humanos, de abordaje respetuoso de los sospechosos.

Tú no escogiste ser pobre y hacer milagros para sobrevivir. Nadie lo escoge. Fuiste empobrecido por el sistema que transforma derechos universales como la salud y la educación en mercancías al alcance solo de quien puede pagarlas. Los demás quedan sujetos a una vida precaria.

Tu hija tiene razón. Tu muerte podrá cambiar el mundo. Pero no tanto como querríamos. Seguirán existiendo supremacistas blancos, racistas empecinados y hasta negros que hacen una apología de la esclavitud y odian los movimientos negros, calificados de “escoria maldita” por Sérgio Camargo, indigno presidente de la Fundación Palmares, principal institución brasileña de preservación de la negritud.”