Hastío, lectura y potencialidad mental

Galo Guerrero-Jiménez

Hoy, en tiempos de crisis como el de la pandemia del coronavirus y de la corrupción moral, los ciudadanos más desprotegidos son los que peor pagan las consecuencias de este proceso ético y axiológico-antropológico deteriorado, bien porque las fuentes de trabajo se agotan y en consecuencia los niveles de educación, de cultura y de humanismo en general se deterioran, con lo cual resulta difícil desarrollar la potencialidad que la mente humana tiene para enfrentar el desarrollo de la vida en sus múltiples manifestaciones.

En efecto, como dice García (2002) “la inteligencia emocional, la programación neurolingüística, el instrumento de dominación cerebral, el mapeo mental, el mapeo de información, las inteligencias múltiples y los pensamientos: lateral, convergente y divergente”, son los que permiten desarrollar el potencial de la mente para consolidar un desarrollo íntegro de la persona tanto en su condición material y espiritual. Sobre este base, y según el potencial de la formación y educación que vamos recibiendo a lo largo de nuestra vida, será el recurrir de nuestro comportamiento humano.

Por eso, frente a las diversas crisis que padece la humanidad y, en especial, la de las enfermedades mentales, el ciudadano que posee una mínima educación y que por ende tiene pocas oportunidades para vivir dignamente, es el que más sufre las consecuencias de un deterioro que puede ser letal en muchos casos, como el del aburrimiento, solo por tomar un ejemplo, de entre tantos que procrea la mente humana cuando no puede controlar adecuadamente su condición antropológica. Fernando Savater sostiene que “¿cuál es el peor tormento que conoce el ser humano? Sin duda, el aburrimiento. Es el único que de veras humilla, el que no se puede soportar de ningún modo racional o digno porque frente a él no caben ni la rebelión ni el heroísmo. Nadie obtiene gloria de luchar contra el hastío” (2014).

Bajo estas circunstancias, un ente aburrido, hastiado de la vida, lo que hace es aprovechar lo que la tecnología hoy nos brinda, el empleo de las redes sociales para supuestamente entretenerse con la montaña de información que desde diversos formatos hoy se ofrece sin son ni ton. En este caso, se trata de un entretenimiento superfluo porque la información que en estas redes circula no siempre es la más apremiante para enfrentar la vida de manera que sea posible un discernimiento adecuado y, sobre todo, un crecimiento cognitivo intelectual, emocional y espiritualmente asumido para aprender a pensar axiológicamente.

Pues, este ser anonadado por el aburrimiento y cobijado por el entretenimiento poco enaltecedor de las redes sociales, lo que ha hecho es ir en búsqueda de un “amor pequeño” que lo que hará es mantenerlo inerme, solo para quemar el tiempo, antes que para vivirlo en orden a buscar una dignificación pertinente en su condición de ser racional que siempre está dotado de una riqueza interior, y que, con una buena porción de esfuerzo, de voluntad, pudiera abandonar el aburrimiento, acudiendo, a un “amor mayor”, como el de saltar de las redes sociales, a la lectura de buenos y magníficos textos humanísticos y/o científicos que la misma tecnología hoy nos brinda a través de Internet.

Y aunque al inicio cueste adaptarse y disciplinarse a este “amor mayor” de una buena lectura, sí es posible, porque por más deterioro que haya frente al hastío, “uno percibe la presencia o la nostalgia del amor mayor, del único que puede saciar el hambre del corazón humano. Desde ahí, se comprende el valor del impulso ético, el riesgo de amar más allá de las propias seguridades, la pasión de crear y de dar lo mejor de uno mismo a favor de lo que ama, las certezas del corazón y la fuerza redentora [sobre todo en el caso de una persona creyente en Dios] de la fe, siempre unida a la belleza” (Parrilla, 2014), porque no hay mejor condimento humano que el del pensamiento bien nutrido, analítico y lingüísticamente expuesto en manos de un buen escritor, para que el lector que pretende salirse del aburrimiento, se enaltezca detectando la belleza de la vida, porque “al igual que el amor, leer no es sencillo ni fácil, implica justificados sacrificios e inconmensurables momentos de gozo y pasión” (Bialet, 2018) que, por ser tales, fortalecen siempre la potencialidad de la mente humana.