Economía del comportamiento

José Vicente Ordóñez

Un rey dijo a los sabios de su corte: «Quiero inscribir en mi anillo un mensaje para los momentos de máxima desesperación». Muchos lo intentaron, pero solo un anciano logró escribir tres palabras, las entregó al rey, con una condición, «Revísalo sólo cuando no encuentres salida».

El momento llegó, el rey huía víctima de una invasión, al final de un camino y frente a un precipicio, recordó el anillo, decía simplemente «Esto también pasará», en ese momento sintió tranquilidad. Afortunadamente, los enemigos se perdieron, profundamente agradecido guardó el anillo, reunió su ejército y reconquistó su reino.

El día de la celebración, nuevamente el anciano dijo al rey «Es momento de leer el anillo» ¿Por qué? estoy eufórico, escucha, el mensaje sirve para situaciones desesperadas y también las placenteras, el rey abrió el anillo y leyó nuevamente «Esto también pasará», el ego desapareció.

La reflexión central de la fábula analiza los patrones de conducta humana frente a las circunstancias, lo mismo hace la economía del comportamiento, herramienta útil para modular e inducir procederes colectivos que pueden ser altamente deseables, sobre todo en los actuales momentos, cuando el mundo está sobrecogido por una pandemia sin precedentes.

Se ha identificado una serie acotada de conductas que reducen, ostensiblemente, la probabilidad de contagio del Covid-19: distancia social, uso de insumos de bioseguridad, higiene personal, cumplimiento de disposiciones gubernamentales; sin embargo, no es tan sencillo conseguir que las personas se comporten de la manera más racional, debido en gran medida al componente emocional e intuitivo que tiene el proceder individual y social.
Según una publicación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), denominada «El uso de la economía del comportamiento en el diseño de proyectos de salud» los principales sesgos de conducta se dan por:
-Exceso de confianza (las personas se creen exentas a efectos negativos).

-Atención limitada (al principio se presta atención a cambios, pero con el tiempo, retorna el comportamiento habitual).
-Aversión a las pérdidas (si no he perdido algo valioso soy ajeno al problema).
-Status quo (existe una probabilidad alta de que los individuos seleccionen una opción predeterminada en lugar de una alternativa).
-Heurística del afecto (Las decisiones de las personas se encuentran fuertemente influenciadas por sus emociones).

Por estas razones se puede incorporar a la política pública lo que en economía del comportamiento se denomina “empujones sutiles”, que similar al anillo del rey, sin ser sofisticadas ni costosas, son intervenciones idóneas, cuando los individuos no están tomando decisiones racionales sobre su salud, por ejemplo:

-Intervenciones informativas, para aumentar la calidad de información.
-Incentivos financieros positivos, con los cuales se premia a los individuos por el comportamiento saludable deseado.
-Subsidios e impuestos, con los cuales se pueden promover o desalentar ciertos comportamientos.
-Legislación, mediante la cual se restringe el acceso a ciertos productos.

El potencial de la economía del comportamiento radica en la posibilidad de que los programas se diseñen en torno a la psicología real de los individuos, con lo cual aumentan las oportunidades de lograr las metas deseadas. Incorporar estas u otras alternativas, no es tarea fácil para quienes diseñan y/o ejecutan las políticas públicas; y, en los actuales momentos es como aventurarse al océano en plena tormenta, no obstante, la sabiduría ancestral también menciona que «Ningún mar en calma ha hecho experto a un marinero», por tanto, tal vez valga la pena adentrarse en una investigación más profunda respecto al tema.