La invención de Morel

Santiago Armijos Valdivieso

No hay nada mejor para aliviar la pesarosa realidad que acudir a la lectura, porque como lo dijera Adolfo Bioy Casares: “Leer es la otra aventura y probablemente la primera es la vida misma”.

Justamente por ello; abrumado por las malas noticias que inundan los medios de comunicación en estos días: violencia en las cárceles y fuera de ellas, manifiesta ineptitud legislativa para cumplir con su trabajo, surgimiento de nuevas variantes del covid-19 que nuevamente tienen al mundo con los pelos de punta; y, por sugerencia de un grupo de amigos lectores al que frecuento, tuve la oportunidad de disfrutar de la novela: La invención de Morel. Una joya literaria del argentino Bioy Casares (1914-1999), Premio Miguel de Cervantes 1990, uno de los iniciadores de la ciencia ficción en español y entrañable amigo de Jorge Luis Borges, con quien escribiera, a cuatro manos, varias obras como, por ejemplo: Seis problemas para don Isidro Parodi.

La obra contiene la historia de un fugitivo venezolano condenado a cadena perpetua, quien, a través de un escrito, narra su extraña experiencia en la abandonada isla Villings (sitio imaginario), parte del archipiélago de las Islas Ellice (actualmente Tuvalu – Oceanía), en la que se refugia de sus captores por recomendación de Dalmacio Ombrelleri, un extraño italiano vendedor de alfombras en Calcuta.

El fugitivo, luego de explorar la isla, descubre en la parte alta, unas extrañas construcciones modernas y abandonadas en las que se refugia, las cuales están integradas por un museo con biblioteca incluida, una capilla, una pileta de natación y una torre cilíndrica en la que hay comedor, sala, habitaciones.

Con el transcurrir de los días, el fugitivo es sorprendido en una pesada noche de verano con la aparición de gente que baila, que pasea y que se baña en la piscina, como auténticos veraneantes. Ello lo obliga a bajar a los pantanos de la isla para ocultarse de eventuales peligros y captores. Desde ese incómodo y agreste sitio empieza a ver la parte alta de la colina y con ello lo que hacen los veraneantes que habitan en las instalaciones de la isla. Inicialmente creo que se trata de los efectos del calor que el han provocado alucinaciones, pero al persistir las visiones de sus ojos empieza a creer que son reales y por ello decide dilatar su refugio en los pantanos. En esa incómoda situación, se fija que en las rocas hay una hermosa mujer mirando las puestas del sol, todas las tardes. La presencia de la bella dama lo atrae, lo invoca y lo llama hasta que, superando el miedo a ser visto por los veraneantes, y luego de haberla espiado por algunos días, decide acercarse a ella para entablar una relación. Al hacerlo cae fulminado ante la belleza de la mujer, aunque ella no lo oye, no lo percibe, no lo escucha. Por las conversaciones en francés que la mujer mantiene con otro turista de la isla, llamado Morel; el fugitivo se entera que la bella responde al nombre de Faustine. Los días pasan y el fugitivo se da cuenta, por las tertulias que sostiene Morel (un científico barbudo) con los turistas, que todas las personas que ha visto en la isla son imágenes producidas por una genial máquina alimentada por el viento y la marea con energía cinética inagotable e inventada por el mismo Morel, la cual transfiere el alma de las personas a una grabación y proyección óptica para alcanzar la inmortalidad del espíritu.

Ante ese descubrimiento, y al encontrar los apuntes del científico, el fugitivo aprende a manejar la máquina y logra insertarse a sí mismo en la grabación con la intención de estar junto a Faustine por siempre. Sin embargo, al final de su escrito, el fugitivo, y enamorado perdido, pide a quien lea sus escritos cuando haya muerto, y tomando como referencia los diseños de la máquina de Morel, inventar otra máquina más avanzada que permita la fusión de las almas y así entrar en la conciencia de Faustine. Apasionadamente, lo dice así: “Búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Será un acto piadoso”.

Aunque en las primeras impresiones la novela podría dejar un sabor de total fantasía, me inclino a catalogarla como una obra de filosofía porque, a través de la trama y de los personajes, se abordan temas fundamentales y de sustancia como la inmortalidad, el alma, el amor, la soledad y el control del ser humano sobre sí mismo.
Si esto no fuera así, el fugitivo no habría descubierto que la soledad puede representar la muerte, y, el amor la vida. Que el amor puede resucitar a un muerto en vida o a cualquiera que esté ahogado por la desgracia. Tampoco habría podido levantar el velo para entender que la existencia de los seres humanos se alimenta también de ilusiones y que quien no las tiene, aunque viva, ya está muerto.

Sobre esta obra, Jorge Luis Borges, el genio de las letras, sentenció inapelablemente lo siguiente: “He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”.