Feliz día del amor solidario

Sandra Beatriz Ludeña

¿Quién sabe que es sentirse solidario? En la vida hay tantas, pero tantas palabras, que a veces no pensamos lo suficiente en algunas.  Se aproxima una fecha llamativa en el calendario, “catorce de febrero”, quién pregunta todavía ¿qué es el amor?

Dame otra vez preguntando ¿qué es solidaridad?  Habrá personas que no saben definirla.  Yo creo poder decir lo que comprendí en la niñez.  Escondidos en un rincón de la infancia, asoman recuerdos.  Sí, recuerdos de un tiempo en que el amor paseaba por mis días.  Mi niñez fue solitaria, —sin hermanos que se acurruquen conmigo—, sin la protección de la figura paterna.  Mas, en mi ambiente familiar estaban los primos, verdaderos hermanos sustitutos.

Todas las tardes, después de desocuparnos de tareas escolares, sonaba en mi puerta, unos leves golpecitos.  Eran ellos, los dos primitos, para preguntar ¿vas a salir a jugar?  Eso era amor, eso era atención.

En los juegos, que eran típicos de hombrecitos, desfilaban desde fútbol hasta cacería de estrellas, las canicas, la bici, bici… bicicleta y los carritos de madera.  A ellos no les atraía jugar con mis muñecas, menos con los juegos de cocinita. 

En las largas jornadas de diversión, salía lastimada por mi falta de destreza para ciertas acrobacias.  Así, de arquera, las lanzadas hacia el balón, —antes que el gol sea mi deshonor—, me dejaban con las rodillas si no lastimadas, por lo menos descueradas.  En las andanzas en bicicleta, no faltaban los volquees, porque una sola Choper para tres era chica, yo al borde de la última llanta, acababa por resbalar en el plano inclinado de ese tiempo intrépido.

De aquellas aventuras, aprendí a ser solidaria.  Es decir, interioricé el amor por el otro.  Porque en todo momento nos amábamos y nos cuidábamos unos a otros.  Cuando me caía, eran ellos los que soplaban la herida hasta que el dolor pase, y si se golpeaban ellos, yo hacía de enfermera. 

Siempre nos preocupábamos de estar bien todos, no era un niño, éramos tres, a veces cuatro, cuando se nos unía la mascota. 

Si un adulto, regañaba a alguno del equipo, el regaño era entendido para tres.  Si había castigo para mis primos, yo vivía su tristeza.  Cuando concursábamos en piñatas o juegos competitivos, nos apoyábamos para que ninguno se quede atrás o sin parte del premio.

Eso es el amor, así opera la solidaridad, sintiendo por el otro.  Hoy, adulta lo vivo de la misma manera.  Porque no hace falta seguir siendo niño, para entender que vivimos bien, en medida que el otro se sienta bien. 

Este catorce de febrero, día destinado a recordar cómo amar al próximo, deseo que se manifieste el amor por el otro.  Que no se nos olvide, aprender a amar bien. Feliz día del amor solidario, que entre los amores, debería ser el primero.