El baúl de los recuerdos: Alfredo Álvarez Celi: un legado de trabajo fecundo

Efraín Borrero E.

En una casa situada en el barrio Pucará, parte alta de la ciudad de Loja, en dirección suroriente, disfruté de una vista espectacular de la urbe y su entorno. Ese inmueble integra una bonita urbanización que se ha desarrollado al ingreso del parque del mismo nombre, rodeada por calles que tienen nombres de connotados escritores iberoamericanos.

No conozco a ciencia cierta por qué se llama Pucará, probablemente haya alguna relación con ese término de origen quechua que se emplea para aludir a un tipo de fortaleza que construían los pueblos aborígenes en zonas elevadas, aunque también se lo utiliza para denominar sitios estratégicos que controlan recursos o vías de circulación.

Hace muchos años era una loma desolada en donde únicamente estaban los tanques y piscinas de la primera planta de agua potable que se construyó en nuestra ciudad, gracias al apoyo brindado por el Servicio Cooperativo Interamericano de Salud Pública, en 1950, durante la alcaldía de Francisco Costa Zabaleta. Se trataba de abastecer del líquido vital a una población urbana de algo más de quince mil habitantes. En la actualidad esas piscinas se conservan para prácticas deportivas.

Jorge Bailón Abad escribió en forma detallada toda la historia del sistema de agua potable de Loja, desde esa época hasta el 2015, haciendo notorio que los planes implementados respondieron al incremento poblacional de la ciudad, cuya proporción de crecimiento a lo largo del tiempo ha ido de menos a más.

Mi amigo Ángel Cartuche, profesional que durante cuarenta años laboró en lo que hoy se conoce como Unidad Municipal de Agua Potable y Alcantarillado de Loja, me comentó que esa primera planta brindaba un servicio básico de agua potable a la pequeña ciudad, cuyas aguas eran captadas de la quebrada Pizarros, por el sector de Zamora Huaico. El proceso de tratamiento y cloración cumplían el objetivo de acuerdo con la disponibilidad técnica de la época.

Me dijo que cuando ingresó a prestar sus servicios en esa entidad conoció a Alfredo Álvarez Celi, y supo que desde 1953 fue uno de los técnicos que trabajó en aquella planta de agua potable, haciéndolo incansablemente y con esmero para servir de la mejor forma a su tierra.

Efectivamente, Alfredo Álvarez fue invitado a trabajar en el Departamento de agua potable del Municipio de Loja merced a su talento, habilidad innata y conocimientos adquiridos en el Central Técnico de Quito en donde se graduó con honores. Su apoderado, Pío Jaramillo Alvarado, en cuya casa vivió durante los años de estudio, fue el primero en abrazarlo y regocijarse por los logros del joven pariente.

A ello se sumaba la experiencia adquirida en algunas instituciones y en su propio taller montado por 1937, frente al antiguo «terminal terrestre», hoy Parque Bolívar. Allí atendía las emergencias del incipiente sector industrial logrando gran demanda. Siempre fue requerido para hacer los trabajos más duros, peligrosos y difíciles. Permanentemente fue consultado sobre problemas técnicos para los cuales no le faltaban las alternativas de solución.

Se le encargó la instalación domiciliaria del agua potable en la ciudad; es decir, Alfredo Álvarez hizo posible que el líquido vital llegue a cada casa. La gente lo veía trabajar con tanta pasión y sacrificio que hicieron de su nombre un signo de servicio, eficiencia y prestigio. Su compadre Eudoro lo encontró en plena tarea y le dijo: Alfredito, darás de beber al sediento, como insinuando que se acuerde de él cuanto antes. Tranquilo, compadre, ya mismo, le respondió con una sonrisa divertida.

Con el servicio de agua potable en marcha, Alfredo Álvarez sacó a relucir su genialidad y habilidad para proveer de agua caliente a su numerosa familia, para cuyo efecto instaló en su casa de habitación un sistema a partir del calor del fogón de la cocina generado a base de leña. Hizo un serpentín de tubos de hierro y lo colocó a los lados y al fondo del fogón para que el fuego lo calentara. El agua, a veces hirviendo, se almacenaba en un tanque y se repartía al lavadero y baño.

Pero no era sólo esa conexión, lo fundamental estuvo en la técnica de revestimiento que sólo su ingenio pudo haber concebido, por eso se la conocía como la “técnica de Alfredo”. Las paredes internas del fogón eran recubiertas con una mezcla de arena fina, guano, pelambre de cuyes, sangre de toro, barro y paja picada. Esa combinación, extraña para muchos, ayudaba a mantener el horno caliente para varios usos.

La noticia del agua caliente de los Álvarez se propagó rápidamente en la pequeña urbe y ese sistema de calentamiento tuvo gran demanda, replicándose en muchas casas de familiares y amigos que lo solicitaban.

En pocas casas había las famosas cocinas suecas Husqvarna, que igualmente funcionaban a base de leña, de allí que en el patio de las casas siempre había la ruma de leña, generalmente de faique, que los proveedores entregaban a domicilio en burros cargados hasta el cuello.

Por aquel tiempo la leña era el único combustible para cocinar. Lo del gas vino mucho después, así como también los implementos y equipos para el funcionamiento con energía eléctrica.

Ese sistema de calentamiento no solo se utilizó en algunas casas, sino que dio pábulo al establecimiento de los baños públicos de agua caliente, que como emprendimiento fueron instalados en algunos barrios de la ciudad. Recuerdo que la familia Cano fue la primera en hacerlo, en la calle Colón entre Bolívar y Sucre.

Pienso que era un buen negocio porque el baño en agua fría ahuyentaba a muchos. Claro que no había como estar mucho tiempo bajo la ducha de agua caliente porque los propietarios impusieron un límite, haciendo el cálculo de uso incluyendo la jabonada, la fregada y el enjuague. 

Alfredo Álvarez Celi fue un hombre sencillo, pero con un mundo de valores y virtudes que se convirtieron en el gran legado a sus hijos, a quienes inculcó una norma de vida: “Como eres hoy en la casa serás mañana en la sociedad”.  

Pensaba y actuaba guiado por sus principios rectores, y poco o nada le importaba los prejuicios sociales. Bajo esa égida contrajo matrimonio de la manera más sencilla con su encantadora Luz Targelia Álvarez Burneo, de la que se enamoró apasionadamente. En la ceremonia matrimonial, en La Ceiba, por el sector de Zapotillo, en un día de septiembre de 1937, únicamente estuvieron: Alfredo, Targelia, el cura Eliseo Arias y su pana, Rafael Armijos Valdivieso, joven militar que prestaba servicios en alguna unidad acantonada en el sector.

Desde niño conocí a Alfredo Álvarez Celi transportándose de un lado a otro en su bicicleta todo terreno, impulsada por sus piernas cuatro por cuatro, a fin de cumplir puntual y fielmente sus obligaciones laborales, Un hombre con una energía extraordinaria y voluntad de trabajo sin límite. A eso se debió que haya recibido tantas condecoraciones y reconocimientos públicos.  

Se jubiló en el año 1988 para disfrutar a sus anchas del cariño que le brindaban hijos y nietos, dejando en la institución un cúmulo de enseñanzas y experiencias enriquecedoras. No obstante, el trabajo agobiante para cumplir responsablemente con las tareas que se le encomendaban y con los requerimientos de la colectividad lojana, pasaron factura a sus últimos años, falleciendo el 20 de marzo del 2008, Su rostro mostraba un semblante calmo y lleno de paz.

De Alfredo Álvarez Celi nos queda el recuerdo imperecedero del hombre gentil, bondadoso, generoso, honesto y ejemplo de trabajo fecundo que benefició constructivamente a la ciudad de Loja y a algunos cantones de la provincia.