Padrón de la ciudad de Loxa

David Rodríguez

El padrón de la cuidad de Loxa fue realizado en 1778, en sus páginas se categorizaba a las personas por medio del llamado “número de almas” con distinción de sexos, estado civil, clases, castas y párvulos que habitaban en la ciudad.

Repasando comentarios de Piedad Peñaherrera de Costales, la historia de la demografía nacional, a partir de 1825 (año del relevamiento censal ordenado por el Libertador Simón Bolívar) hasta 1950, fecha en la cual se efectuó el primer Censo Nacional, hemos vivido de simples estaciones, cálculos demasiado groseros, pero significativos para la historia de la demografía nacional. “En el periodo republicano (1830), el indio, por la supresión de la mita (1816) primero, luego del concertaje (1918) desaparece de los empadronamientos parciales porque ya no pesa sobre él, ninguna tributación o contribución económica, razón de los empadronamientos anteriores.”

En el siglo XX, cambia los conceptos, ideas y criterios en torno al aborigen y, los congresos indigenistas, más de una vez recomiendan “que en las estadísticas censales y ordinarias se incluya la investigación de las características culturales de la población indígena.” Intención científica humana, admisible y básica. Pero, en Ecuador, tanto el primer censo nacional de 1950, como el segundo de 1962, si bien incluyen algunos elementos de identificación, en ningún caso las características culturales del indígena costaron como variables suficientemente consistentes.

En la provincia de Loja no se ha verificado un verdadero censo del nativismo. Ignoramos la realidad numérica de nuestra autoctonía. Hay que interesar a los estudiantes de sociología y de antropología, para que realicen todo esfuerzo a fin de identificar a nuestra población indígena y nos brindan el resultado de sus estudios para análisis cuantitativo y cualitativo. Nuestros pueblos fronterizos tienen cambios permanentes que hemos pasado por alto durante décadas.

Muchos poblados de la provincia se formaron sobre viejos caseríos indígenas. La misión calculada de los jesuitas vino después de la abnegación de los dominicos y franciscanos. Se formaron los poblados sobre orígenes remotos, allí, el indígena empezó a mezclarse ligeramente con el blanco. Los dominadores de los suelos impusieron su feudalismo grosero que los llevó a convertir al aborigen en un esclavo y el doctrinero en un humilde adversario o amante clandestino. Impusieron el principio de conquistar al indio con el indio y a las Indias con su servicio. Un estudio completo sobre el indígena lojano contendría estirpes desdichadas.                

Los poblados se engrandecieron con nuevas estirpes conocidas como mestizos que vivían en casuchas bajas con techos de aleros y tejas que se apiñan al lado de las Iglesias. Casuchas silentes, algo solitarias, que suplican al cielo con el cantar lento de los campanarios. Dan compasión y esperanza. Su misma tristeza supone dulzura, su primitivismo dice austeridad. No son poblados alegres, voluptuosos ni brillantes como los puertos de mar; son pequeñas patrias generosas para el extraño, pequeñas Babel donde sus integrantes se destrozan, devoran honores, se funden, se mezclan, se patean y se lamen.