P. Milko René Torres Ordóñez
Los que se van, publicado en 1930 es un libro de cuentos que pertenece a los escritores ecuatorianos Demetrio Aguilera Malta, Joaquín Gallegos Lara y Enrique Gil Gilbert, miembros del llamado Grupo de Guayaquil. Ambientada en el campo de la costa ecuatoriana, los cuentos narran la historia de varios personajes que representan al montubio y al cholo en su diario vivir en la pobreza y su relación con su entorno, su familia y el campo.
El éxodo de Yangana es una novela de Ángel Felicísimo Rojas publicada por primera vez en Buenos Aires en 1949. Es la obra más lograda y conocida del autor. La trama de la novela se enmarca en el ciclo de literatura de denuncia social, plasmada en ciento sesenta familias que se ven obligadas a abandonar sus hogares ante el miedo de la represión estatal luego de reaccionar ante los abusos cometidos contra ellos. He citado dos obras clásicas en la literatura ecuatoriana. Estos datos de divulgación universal me llevan a profundizar en una pregunta existencial: ¿Por qué el ser humano toma la decisión de desinstalarse para buscar nuevos espacios para vivir y desarrollar, a su manera, sus costumbres, su cultura, su fe? La Sagrada Escritura narra varios éxodos de Israel, en el Antiguo Testamento. Desde Abraham hasta Moisés, o, el exilio (año 586-538). Esta pregunta, creo, que no encuentra una respuesta convincente en la realidad que vivimos los cristianos católicos.
La estadística, fría como una tumba, muestra datos que nos desconciertan al principio. Quizá nos hemos vuelto conformistas. Pensamos que esta realidad es circunstancial y que las cosas volverán a su cauce normal muy pronto. Nos encontramos ante un enfermo con signos preocupantes, al que hay que prestarle la debida atención. ¿Quiénes son los que se van? ¿Terminó el éxodo de fieles cristianos? La enfermedad, enseña el dicho popular, no está en las sábanas. Pueden existir razones muy profundas que van marcando un camino hacia una reflexión que debemos tomarla muy en serio. Estoy convencido que una razón de fondo es una vida espiritual, lejos del Evangelio. He conocido a cristianos católicos que viven en un relativismo que desemboca en el agnosticismo. He escuchado decir: “Cristo, sí, Iglesia, no”. Es un pensamiento, inaceptable desde todo punto de vista, pero que hiere y mata lentamente. La vocación y misión de Jesús, el anuncio del Reino de Dios, la hemos desvirtuado. Muchos la han convertido en una plataforma ideológica. Jesús, el hoy de la historia, es visto desde ópticas oscuras, nada objetivas. Sin el encuentro personal con Jesús nuestra vida no tiene sentido. El mundo pierde su esencia. Quizá sea útil acudir a una frase muy repetida: “Hay que volver a las fuentes…”. Jesús es la fuente de agua vida. Los que nos quedamos, todavía, tenemos un reto, el de Pablo, apropiarnos de su semblanza espiritual: “Para mí, la vida es Cristo…”.
