Una adecuada memoria lectora

Galo Guerrero-Jiménez

Se dice que cuando más conocemos a una persona conversando y discutiendo sobre el mundo, más conocemos de nuestro pasado y de nuestra realidad. “El ayer de quienes somos. Todo este conjunto de recuerdos forman la memoria autobiográfica, un elemento imprescindible para construir una imagen mental de nosotros mismos y poder relacionarnos con normalidad en el mundo occidental” (Del Rosario, 2019); relación que consiste en valorar lo que hacemos y ante quién y cómo lo hacemos desde esa imagen mental, fenomenológicamente asumida para que nuestra memoria autobiográfica nos direccione en post de una cultura y de una educación que sea aceptable para que la relación con el mundo funcione armónica, cognitiva y pragmáticamente.

Por consiguiente, gracias a esa hermosa fuente de la comunicación, la voz dialogada, sobre todo desde el afecto más sentido, la marcan nuestros padres, las amistades y los docentes como entes primarios para una adecuación y posesión en el mundo; así, “nuestra historia personal comienza poco a poco a llenarse de capítulos dulces y amargos, mientras los mayores nos enseñan cuán importante son los recuerdos a la hora de tomar decisiones, aprendiendo a relacionarnos y a definirnos en base a la memoria” (Del Rosario, 2019) que es la que nos orienta para relacionarnos en el contexto de nuestra autobiografía.

Por eso, quien tuvieron la oportunidad de relacionarse conversando con sus seres más queridos desde la lectura de un texto, y qué mejor si a ese texto se lo compartía leyendo en voz alta, o contándolo en forma narrativa o de poema musicalizado, tal como se conversa sobre el impacto que una película le causa al espectador, esa persona, por lo tanto, guarda para siempre imágenes mentales frescas en forma de un mapa que queda impregnado en la memoria y que, por ende, se convierte en una fuente de inspiración para acercarse a la lectura de un tema de su predilección que luego en la vida adulta marcará su autobiografía en dirección a una educación desde la cultura y posesión ejemplar de lo que somos desde esa realidad lectora que no dejará de ser “un buen pretexto para hacer fluir nuestro propio pensamiento y desarrollar no únicamente nuestro intelecto o nuestras habilidades cognitivas, sino también, y sobre todo, nuestro espíritu de comprensión hacia los demás” (Argüelles, 2014).

Y esta es, quizá, la clave mayor del impacto lector que toda persona que se ha dejado llevar por la cultura de la lectura, en efecto, desarrolla un espíritu de comprensión y, por supuesto, de análisis y cuestionamiento al régimen de vida que el mundo lleva a cabo a partir de sus acciones pragmáticas, intelectuales, científicas, investigativas, profesionales o de mera realización que ciertos individuos llevan a cabo sin ningún grado de cultura que no sea su irresponsabilidad y su deseo de vivir de cualquier manera.

De ahí que, la lectura voluntaria de un texto literario, científico, técnico, o de la naturaleza que sea, nos permite obtener una adecuada memoria lectora, puesto que, desde esa concepción mental, fluye un repertorio de palabras que se convierten en la materia prima con la cual vamos configurando nuestra personalidad y, por ende, nuestra relación de comprensión con la cultura, con la ciencia y con la sociedad, a las cuales las podemos enfrentar desde una realidad cognitiva, lingüística, axiológica, e incluso estética y ética, puesto que la lectura no solo promueve la vida intelectual, sino la recreación y la intensificación amorosa del corazón. Lo dice Edgar Morin: “La ética de la comprensión pide argumentar y refutar en vez de excomulgar y anatemizar. Si sabemos comprender antes que condenar, estaremos en vías de la humanización de las relaciones humanas” (Argüelles, 2014); comprensión ética que, desde la lectura de un texto adecuadamente asumido, sí nos permite arribar, como una de las ventanas abiertas al mundo, para intervenir en él significativa, simbólica y pragmáticamente.