El temor de la muerte

Augusto Costa Zabaleta

Irreparable, irremediable, irreversible, irrevocable, sin reversión o remedio posible; el punto sin retorno, el final; lo definitivo; el fin de todo; hay un suceso (y solo uno), al que se puede atribuir todos esos calificativos sin excepción, un suceso que torna en puramente metafóricas todas las demás aplicaciones de esos mismos conceptos, un suceso que da a éstos su significado primario, prístino, sin adulterar ni diluir; esos sucesos es la muerte.

La muerte es temible por una cualidad distinta a todas las demás: la cualidad de hacer que todas las demás cualidades ya no sean negociables; todos los acontecimientos que conocemos o de los que tenemos noticias tienen, salvo la muerte, un pasado y un futuro; cada suceso, excepto la muerte, tienen escrita con tinta indeleble (y aunque sea con la más pequeña de las letras), la promesa de que la trama de la obra continuara; la muerte, sin embargo, solo lleva una inscripción ”abandonar toda esperanza”, por eso la muerte seguirá siempre siendo incomprensible para los vivos; de hecho, cuando se trata de trazar un límite verdaderamente intraspasable  para la imaginación humana, la muerte no tiene rival.

Ninguna experiencia humana, por rica que sea, proporciona la más mínima pista de lo que se siente cuando nada más va a suceder y ya no queda nada que hacer; la muerte invalida todo lo que hemos aprendido; la muerte es la encarnación de ‘’lo desconocido’’, y entre todo los demás ‘’desconocidos’’, es el único que es plena y realmente incognoscible.

El ‘’miedo original’’, el miedo a la muerte, es un temor innato y endémico que todos los seres humanos compartimos, por lo que parece, con el resto de animales, debido al instinto de supervivencia programado en el transcurso de la evolución en todas las especies animales (o, al menos, en aquellas que sobrevivieron lo suficiente como para dejar rastros registrables de su existencia); pero solo nosotros los seres humanos conocemos la inexorabilidad de la muerte y nos enfrentamos, por tanto, a la imponente tarea de sobrevivir a la adquisición de tal conciencia, es decir la tarea de vivir con (y pese a) la constancia que tenemos de carácter ineludible de la muerte.

Todas las culturas humanas pueden interpretarse como artefactos ingeniosos calculados para hacer llevadero el vivir con la conciencia de la mortalidad.

Darle la vuelta a la muerte, transformando la más aborrecible de las caídas en la más gloriosa de las ascensiones, solo fue una auténtica jugada maestra, que no solo sirvió para reconciliar a los mortales, sino que otorgo a la vida un sentido, un propósito y un valor, que la muerte había negado.