Vivimos tiempos en los que aparentemente todo es relativo y se aprecia según el color del cristal con que se mire. Lo que es incorrecto para unos no lo es necesariamente para otros y aunque hay verdades absolutas e inmutables, muchos prefieren relativizar la verdad en busca del beneficio personal.
Hoy somos testigos de acciones e ideologías por decir lo menos cuestionables, que se venden como símbolos de libertad, inclusión, progreso, igualdad o democracia y buscan la aceptación de una sociedad que a lo malo llama bueno. Las acciones sin control de unos pocos traerán consecuencias que al final pagaremos todos.
¿Por qué muchos insisten en relativizar la verdad? La respuesta nos la da Jesucristo cuando enseña a Nicodemo que “la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Juan 3). Elegir hacer malas obras es una decisión deliberada, relativizar la verdad también lo es.
Los que hacen malas obras lucran de la situación y siempre considerarán buena la actividad que los beneficia, poco les preocupará como afecte a los demás. Estas personas “tienen la mente llena de oscuridad; vagan lejos de la vida que Dios ofrece, porque cerraron la mente y endurecieron el corazón hacia Él” (Efesios 4) y aunque crean que no habrá consecuencias, “nadie puede engañar a Dios. Cada uno cosechará lo que haya sembrado. Si seguimos nuestros malos deseos, moriremos para siempre; pero si obedecemos al Espíritu, tendremos vida eterna” (Gálatas 6).
Elegir vivir en la luz es también una elección deliberada, Jesucristo nos hace un llamado lleno de amor: “Yo soy la luz del mundo. Si ustedes me siguen, no tendrán que andar en la oscuridad porque tendrán la luz que lleva a la vida” (Juan 8). A pesar de nuestro amor por las malas obras, el Señor nos ofrece una salida y nos invita a vivir con su luz. “Cuando Dios nuestro Salvador dio a conocer su bondad y amor, Él nos salvó, no por las acciones justas que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia. Nos lavó, quitando nuestros pecados, y nos dio un nuevo nacimiento y vida nueva por medio del Espíritu Santo” (Tito 3).
La pregunta es ¿Estamos eligiendo la obscuridad por sobre la luz? Entonces no dejemos que lo que nos destruye sea parte de nosotros y nos aleje del que todo lo puede.
