Por: Sandra Beatriz Ludeña
¿Cómo pasa la vida? Me parece que fue ayer, cuando mi abuela vivía y, sentada en su cama, peinaba cerca de mí, su larga cabellera canosa. Luego con una vincha, larga cruzada hacia lo horizontal, agarraba todo el cabello en una sola cola. Se le desgajaban unas ondulaciones de su hermoso cabello fino. Y quedaban por el suelo, por las cobijas y por la ropa, unas hebras color plata, que acostumbraba a recoger, para armar una peluca para mi muñeca.
En esos tiempos, mi cabello no tenía ni la más remota posibilidad de lucir color plata, sin embargo, a veces, solo a veces, me colocaba unas extensiones con el cabello desperdiciado de los peinados cotidianos de mi abuela, así, me imaginaba cuando la vida pase, y cuando yo llegara a ser mayor, para aquello, pensaba que pasaría mucho, pero mucho tiempo.
Ahora, ya luzco esos cabellos plata, no estoy tan mayor, sin embargo, la vida se ha ido en un suspiro. Repasar ciertos fragmentos para reflexionar es un ejercicio saludable, para hacer conciencia, ¿de qué sirve desperdiciar el tiempo?
Hace unos meses atrás, asistí a la mudanza de los restos de mi abuela a otro cementerio, cuando sacaron su ataúd, ni los huesitos estaban completos, y vi con desolación como en una de las paredes de la tumba, estaba adherida parte de su cabellera enlodada, me estremeció ese detalle, le pedí al que operaba en el rescate de los restos, que tomara la porción de cabello, para que la incluya en la incineración.
Luego me fui con una amargura indescriptible, nada queda de nosotros, la vida se va, y no queda nada. Me dolía ese cabello hermoso que tanto amé, me dolía como somos y como todo termina.
Son fragmentos de la vida, y pensar que hay quienes desperdician el tiempo en odiar, en vengarse, en perseguir a otros, que quizá nada les han hecho. El tiempo de la vida debería ser dedicado a contribuir a la felicidad del otro, ayudarnos unos a otros, sería una de las mejores formas de invertir el tiempo que se nos ha dado para estar en esta tierra.
Mas, esta idea cada vez se aleja de la humanidad y queda el egoísmo, la codicia, las maleficencias y el deseo de destruirse unos a otros. Una vida así, llena de malas intenciones no es fructífera, va construyendo laberintos cada vez más complicados, para quienes buscan hacer el mal.
Culmino este comentario, expresando que hasta el nombre le quitaron a mi abuela, ella se llamaba Zoila Zenovia, y en el momento de hacer el trámite, para trasladar sus restos a otro cementerio privado, le pusieron Zoila Genoveva. Un tremendo error de digitación, dedicado para mí, por ser mi abuela, porque alguien, en su deseo de desquite, quiso mandarme un recado, que dice que los errores de digitación me arruinarán la vida. Solamente resta por reflexionar, con la muerte nada queda.
