Numa P. Maldonado A.
El día 4 de febrero, asignado como Día Internacional de la Fraternidad Humana por resolución de la Asamblea General de la ONU de diciembre de 2020, tiene como objetivo principal promover una mayor tolerancia cultural y religiosa. Precisamente, con ocasión de la segunda celebración de esta importante fecha, desgraciadamente desconocida por la gran mayoría, el líder de la ONU, Antonio Guterres, al destacar el papel fundamental de la “Declaración de la Fraternidad Humana para la Paz y la Convivencia Mundial”, de la que son coautores el Papa Francisco, y el Gran Imán de Al-Azhar, el erudito islámico egipcio Sheikh Ahmed Al-Tayeb, y calificarla de “modelo para la compasión y la solidaridad humana», lanza también “una dura advertencia sobre el aumento de la incitación al odio, la intolerancia, la discriminación y la violencia física”. Lo que significa que el gran mensaje de Fraternidad de todos los tiempos, sostenido por lo más florido y consciente del liderazgo religioso y político del mundo, aún no ha sido asimilado en su verdadera magnitud e importancia. A pesar de que el espíritu de dicha declaración, la citada de los dos líderes religiosos, precisamente firmada el día 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi, “es más necesario que nunca”.
Es que este clima de odio e intolerancia, de discriminación, injusticia e inequidad, que tanto dolor y sufrimiento causa a millones de hermanos de todas los pueblos y etnias del mundo, pero especialmente a los más pobres y desamparados, sigue funcionando impunemente sin un ápice de fraternidad , empatía o solidaridad: inhumanamente. Es fácil mirar con estupor, o mejor sin estupor por la frecuencia y cotidianidad con que suceden, por ejemplo en nuestro país, los atracos de medicinas y robos descarados de otros insumos y más actos de corrupción, que son actos infraternos, en los tiempos más duros de la pandemia; la violencia desatada en la calle y en cárceles, el aumento de femicidios, las grandes mentiras de la demagogia politiquera…
De ahí que vale recordar, siquiera un corto párrafo, de la célebre declaración de los dos patriarcas de las iglesias católica y mulsulmana, de 2019, en la esperanza de que tope la sensibilidad de los más descreídos y perversos:
“En el nombre de Dios y de todo esto, Al-Azhar al-Sharif —con los musulmanes de Oriente y Occidente—, junto a la Iglesia Católica —con los católicos de Oriente y Occidente—, declaran asumir la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio.
Nosotros —creyentes en Dios, en el encuentro final con él y en su juicio—, desde nuestra responsabilidad religiosa y moral, y a través de este Documento, pedimos a nosotros mismos y a los líderes del mundo, a los artífices de la política internacional y de la economía mundial, comprometerse seriamente para difundir la cultura de la tolerancia, de la convivencia y de la paz; intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente y poner fin a las guerras, a los conflictos, a la degradación ambiental y a la decadencia cultural y moral que el mundo vive actualmente”.
