Que nos duela la guerra

Sandra Beatriz Ludeña

Ahora que el mundo llora su cuota de dolor por la guerra, la guerra se acerca por los ojos, por las heridas del otro, por la desesperación de los niños, y hay una intervención. 

Ante tanta crueldad dicen que hasta el Supremo se cansa, y que Dios enloquecido por la incomprensión humana, nos pone la trampa.  Hasta los locos entendieron venciendo la violencia.  El decreto es implacable, durará hasta que la guerra se arrodille, pida perdón y así sea obligada a detenerse.  

Que el dueño del mundo y su universo, ha ordenado que el cielo conspire contra todo agresor, y  se apague el sol, disparando granizos letales al que atente contra su prójimo.  Que mande un nuevo diluvio y sea un nuevo elegido quien construya la arca y seleccione la semilla humana, que continuará la vida en el planeta. 

Que las rosas acumulen rocío reactivo para convertir el petróleo en agua, y que los pacíficos se apuren sembrando más rosas en lugar de armas.  Que la lluvia se precipite ligera sobre el armamento y lo haga lava de volcanes.

El dueño de todo ha decidido hundir su dedo índice en el territorio en combate, y que una vez retirado, por su agujero se va el botín en disputa.  Que los bombarderos enceguecerán en pleno vuelo y  la espina de las rosas, será lo único que toquen a tientas.  Y que de esta manera, a todos nos interese la paz.

Que el elegido, todo poderoso advierta: “Si no lo hiciereis, o en ello dilación maliciosamente pusiereis, certificoos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros, y os haré guerra por todas las partes y maneras que yo pudiere, y os sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia, y de Su Magestad, y tomaré vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé y dispondré de ellos como su Majestad mandare, y os tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere como a vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su señor y le resisten y contradicen; y protesto que las muertes y daños que de ello se recrecieren sea a vuestra culpa, y no de Su Magestad, ni mía, ni de estos caballeros que conmigo vinieron,  y de cómo os lo digo y requiero, pido al presente escribano que me lo dé por testimonio signado”.

Que nos duela la guerra y nos importe el dolor del otro.  Que nos digan así de claro, que la incomprensión tiene precio.  Que todos protesten y con el decreto, reconozcamos esta pequeñez que no da lugar para prepotencia. 

Que nos duela la guerra, señores, porque el primer bombardeo se llevó un brazo niño, el  segundo una pierna, el tercero, sí el tercero, derramó el vaso de la paciencia, el niño ya no perdió más, escapó inocente.  Pero el mundo y su violencia, no aprendió a ver la cólera del Creador, que ni respirar tranquilos podemos y neciamente contradecimos.  Que nos duela la guerra.