El baúl de los recuerdos: Sobre la festividad navideña

Efraín Borrero E.

A la entrada del Britannia Stadium, en Inglaterra, existe una hermosa escultura de bronce de tamaño completo, que muestra a un oficial británico y otro alemán dándose la mano. En el suelo está un balón de fútbol, y en una placa se lee “Todos juntos ahora”.

El famoso artista y escultor británico Andy Edwards, que así se lo conoce, construyó ese monumento para conmemorar un hecho ocurrido hace 108 años: la Tregua de Navidad que hizo posible se lleve a cabo un partido de fútbol entre rivales, en plena guerra mundial, en 1914.

Cuenta la historia que británicos y alemanes estaban enfrentados en una cruenta lucha, en la frontera entre Francia, Alemania y Bélgica, en cuyo campo de batalla había muchas trincheras. Los soldados pasaban semanas en aquellos agujeros cavados bajo tierra, padeciendo hambre y frío, y durmiendo junto a las ratas.

En ese trance, ocurrió que en la noche del 24 de diciembre de ese año 1914, se escuchó de pronto la voz de un soldado del bando alemán que entonaba: Noche de paz, noche de amor / Todo duerme en derredor/ entre los astros que esparcen su luz / viene anunciando al niño Jesús.

Al instante se unieron otras voces hasta que todos los alemanes en el sitio de batalla interpretaron la canción completa en coro, cuya sonoridad irrumpió en el silencio del cielo obscuro. Era ese hermoso y célebre villancico austriaco que por primera vez fue interpretado en alemán en la iglesia de San Nicolás en Salzburgo, en la Navidad de 1818, y que cientos de millones de personas lo han cantado y lo siguen cantando en todo el mundo, en más de 330 idiomas y dialectos. Este villancico que fue declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, himno universal de la paz, bien cultural internacional y legado musical.

La canción fue escuchada con sorpresa por los ingleses que estaban en las trincheras del otro lado del campo de batalla, provocando en ellos grandes emociones y una sensación de nostalgia por sus familias. Se fundieron en un fuerte abrazo y algunos no pudieron contener las lágrimas.

Fue tal la reacción de los ingleses que se unieron a la festividad de los alemanes y ellos también la cantaron en su idioma, haciendo posible una tregua que luego se la conoció como el “milagro de hermandad”.

Se dice que, al día siguiente, propiamente de Navidad, los dos ejércitos dejaron las armas a un lado y compartieron una breve jornada de paz. Alemanes e ingleses decidieron darle un breve cese a la guerra para jugar un partido de futbol y fraternizar. Los ingleses eran más habilidosos en ese deporte porque desde el siglo diecisiete lo jugaban en las escuelas.

La noticia de ese suceso llegó de inmediato hasta los altos mandos alemanes, quienes urgentemente difundieron boletines en los que recordaban a sus soldados que estaba prohibido fraternizar con el enemigo, y que, en caso de hacerlo, se consideraría una traición a la patria.

Pienso que, para Andy Edwards, aquel monumento habrá sido la obra más apasionante de su vida artística, porque representa la grandeza del corazón que en una nochebuena hizo posible, por encima del enfrentamiento, que esos soldados pudieran disfrutar, aunque sea un momento, de la paz que tanto aspiramos los seres humanos, y por la cual han luchado y ofrendado su vida muchos hombres y mujeres ilustres en todo el mundo a lo largo del tiempo, como Martin Luther King, Nelson Mandela y Gandhi.

Me viene a la memoria la famosa frase popularizada por Thomas Hobbes: «El hombre es un lobo para el hombre», aludiendo a que el estado natural de los seres humanos es el de las confrontaciones de unos con otros, generando en muchos casos acciones violentas y crueles, como las guerras.

En el mundo cristiano, que es el mío, el espíritu de la navidad propende hacer de esta celebración un tiempo para la paz; para acercarnos más a nuestra familia con amor, para el reencuentro, para la reconciliación, para la gratitud y el perdón. 

Con ese propósito nos preparamos de diversas formas: decoramos con entusiasmo las casas, montamos pesebres, lucimos árboles navideños, organizamos reuniones familiares y avivamos la navidad con un sentimiento de esperanza y buenos augurios, porque sentimos entrañablemente que es una festividad que nos viene a hablar al corazón con el lenguaje tierno del Niño Jesús.

Durante la festividad navideña, en nuestro medio y en el país, también entonamos ese villancico “Noche de paz, noche de amor”, pero los más popularizados son los que compuso el ilustre y prodigioso músico lojano, Salvador Bustamante Celi, entre los que se cuentan: Dulce Jesús mío, No sé Niño Hermoso, Claveles y Rosas, En brazos de una doncella”, Pimpollito del alma, Venid Pastorcillos y Ya viene el niñito, que ha sido traducido a 102 idiomas haciéndolo trascender al mundo.

Es de desear que en el corazón de cada ecuatoriano perdure el espíritu navideño para construir la paz, que es el medio para las grandes transformaciones sociales.