Frente único de nuestro pueblo

Campos Ortega Romero

campolin2010@hotmail.com

Frente a la lid electoral que se avecina, recordamos que la política, constituye expresión de vida, de difusión y lucha. No puede pensarse en una política de lentitud y silencio, ella se constituye en medida de las capacidades humanas. Sin embargo, lo que importa es racionalizar ese estado de inquietud y de permanente oposición de ideas y de intereses. Desde antes se comprendió que el esfuerzo físico del hombre debía estar dirigido por la razón, no solamente por principio de la dignidad, sino por la ley económica de mayor rendimiento; y si la racionalización se ha impuesto con respecto al trabajo y la acción de los músculos, también hace falta que se imponga tratándose de actitudes mentales que se relacionan con la política. De otra manera hablan los instintos, la pasión mezquina, y en lugar del esclarecimiento se vive en medio de la sombra, como está aconteciendo en nuestro país, provincia y ciudad, donde las luchas domésticas, el odio político, las inculpaciones, el medio social lo único que han logrado es abrir heridas que nunca cicatrizan, por ello se hace imperativo bajar de tono las palabras y discursos altisonantes en torno al hecho político y social de los políticos, analistas, columnistas, del hombre y mujer de nuestro pueblo.

A propósito de la palabra, nos recuerda Daniel Prieto Castillo, “las palabras son el rostro, y pueden ser terribles, cargadas de violencia, o dulces como las primeras mieles. Y también pueden ser pobres, apenas balbuceos vacíos, estrechos, incapaces de abrirnos al mundo. No tenemos otra apertura al mundo que la mirada, la caricia y la palabra. Cuando ellas se cierran apenas si nos miramos a un espacio infinito” el maestro sigue su discurso, para sentenciar: “Las palabras se nos acunan o se nos clavan como agujas, ríen o nos muestran muecas terribles, descorren horizontes o cierran todos los accesos a los demás. ¡Ay de quienes crecen entre palabras como lanzas! ¡Ay de quienes son acunados por la violencia! ¡Ay de quienes son condenados a estrellarse de por vida contra un universo oscuro de palabras! ¡Ay de quienes resultan habitados por palabras salvajes, opacas, densas, como lava profunda de un volcán”! Como aquello que las mujeres de nuestro pueblo, deben ganar menos que los hombres por el pecado de ser madres, o que la educación debe y tiene que ser pagada por quienes deseen estudiar, que los médicos son mafiosos. Sí señor, aunque parezcan mentiras.

Nos enseñaron que, en el mundo democrático, libre y soberano a través del voto popular, el pueblo elige libre y espontáneamente a los mandatarios de nuestro país, esto como derecho que nos asiste y se inscribe en la norma democrática. Pero surgen intereses, hablan las empresas y sociedades capitalistas, grita el marketin político, actúan los más hábiles, y quedan los derechos del hombre y de los ciudadanos a merced de las ambiciones, del lucro y de la llamada partidocracia. Frente a esta realidad pensamos que no son las leyes de la democracia, son la intensidad del espíritu del hombre y la energía existencial los verdaderos elementos de justicia y moralidad social.

La Declaración Universal de los Derechos del Hombre realizada el 10 de Diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, reza que todos los hombres nacen libres e iguales. Afirma, luego que cada uno puede prevalecerse de todos los derechos y de todas las libertades proclamadas en la Declaración sin distinción de ninguna raza, color, sexo, lengua, religión, opinión política, de origen nacional o social, de fortuna, de nacimiento o de toda otra situación.

Lo recordado se proclama y se la tiene, por los grupos de poder, oligarquías criollas e imperialismo norteamericano, como propaganda contra la organización popular; pero lo cierto es que las instituciones de los llamados países del “mundo libre” mantienen la desigualdad humillante, corruptora, provocativa contra millones de seres humanos que con su existencia y su trabajo ayudan a la evolución de las naciones y el mundo.

Frente a esta realidad lacerante, dura, que atraviesa nuestro pueblo se hace imperativo la necesidad de comprender la urgencia del papel político de los sectores progresistas, organizaciones sociales, para realizar la construcción de un solo frente que manifieste un verdadero proyecto de cambios, que exige ir venciendo logros, ir subiendo escalones, acumulando fuerzas, consolidando la utópica unidad de todos, sabemos que es duro hacerlo, pero hacia allá debe estar los objetivos señalados.

Para lograr el soñado frente único de nuestro pueblo se hace imperativo de la madurez política de todos nosotros, ejercicio que implica dejar de lado esa grave enfermedad que se llama sectarismo, odio, dejar de creer en los candidatos predestinados por mandato divino y por ello genuinos representantes del pueblo. Frente a esta actitud, para que el discurso sobre la unidad deje de ser falso y conduzca a la construcción de la unidad sin exclusiones por y sobre encima de los intereses de grupos o de personas. Por el bien de nuestro pueblo. Así sea.