Indiferentes

Fernando Oñate

Bajaba un judío de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste de más, se lo pagaré cuando yo vuelva” (Lucas 10).

Los samaritanos vivían al norte de Judea; históricamente, eran considerados enemigos de los judíos y estos procuraban evitar cualquier contacto con ellos y Jesucristo narra esta parábola para enseñar una verdad fundamental: el amor al prójimo.  ¿Porqué Jesucristo empleaba la figura de un enemigo del pueblo judío para dar esa enseñanza?

En el siglo primero de nuestra era la práctica común era la ley del talión, que básicamente especificaba un castigo idéntico al crimen cometido. En aquel tiempo las diferencias con los considerados enemigos eran insalvables. Y en ese entorno surge un líder con un mensaje revolucionario: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mateo 22). La duda surgía ¿Quién es mi prójimo? En respuesta, Jesucristo les narra la famosa parábola del buen samaritano evidenciando que nuestro prójimo es todo aquel que el Señor ha puesto cerca de nosotros; es decir nuestra familia, compañeros de trabajo, de estudios, vecinos, amigos y no solo se refiere solo a los que nos resultan simpáticos o agradables, el énfasis de la parábola es el amor, la misericordia incluso a nuestros enemigos, pues ¿Qué mérito tiene amar a quienes los aman? (Lucas 6).

Y cuando Jesucristo hablaba de amor no hablaba de algo banal, se refería a reconocer en los demás la misma dignidad que hay en nuestra propia vida; es ofrecer al otro el mismo cuidado y consideración que te das a ti mismo.  Es un amor sacrificado y abnegado, pues implica buscar el bienestar del prójimo sin ningún interés propio, y ese amor debe manifestarse con obras de misericordia que beneficien a nuestros semejantes tal como lo hizo el buen samaritano.

Todos tenemos dificultades, pero siempre hay alguien en peor situación que nosotros, no es necesario tener abundancia de recursos para ayudar a los que sufren mayor necesidad.  No podemos permanecer indiferentes y esperar que sea otro el que actúe. Nosotros somos los llamados.