Amor sin límites

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El término frenesí es sinónimo de entusiasmo. Puede ir de la mano de pasión amorosa, que difiere con aquello que, suponemos, afecta a nuestra salud espiritual o física. El entusiasmo, desde este punto de vista, es como encontrar un tesoro. Compraremos el terreno donde está escondido para disfrutar de sus utilidades.

En nuestra vida, el amor es inevitable. Un anhelo, dice Irene Vallejo, puede ser torturador, porque nos llena de miedo o frustración. Sin embargo, todos queremos vivir enamorados. ¿De quién o de qué? ¿Por qué negarnos, nosotros, el privilegio que tiene este mundo maravilloso? Recuerdo a Ítalo Gastaldi, eminente profesor de Antropología, sacerdote salesiano, en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Quito, años ochenta, nos habló del hombre, un misterio. El hombre nunca dejará de ser amante, experto, o, no, en aquello que le haga feliz. A nuestra manera, encontramos el amor, a diario, en todo tiempo y lugar. Hablo de frenesí para romper paradigmas que nos bloquean. Amar con dignidad, libertad, respeto, es una bendición de nuestro Creador. El amor oblativo es puro, real, transparente. Como tantas veces, me sumerjo en el mar inmenso de la Sagrada Escritura. Hoy encontré a Pablo, después de su viaje misionero a Corinto, allá, en las lejanías del primer siglo de nuestra era cristiana. Repitió para mi interioridad estas palabras: el amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia. El amor no presume ni se engríe, no es mal educado ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites (1 Cor. 13, 1-4). En su momento, José Luis Perales lo embelleció, aún más, con música, y lo transformó en un canto, sin límites, aunque la composición no pretende restar profundidad al texto bíblico. El misterio del hombre es el de Dios. Lo formó a su imagen y semejanza. Sostiene Irene Vallejo, además, que, según la mitología griega, los amantes eran invadidos por un dios que se filtraba en su ser. Quien ama está lleno de Dios, visto desde la inmensidad de nuestra fe cristiana…Cuando nos enamoramos, un licor divino entra a mares en nuestra sangre…y al menos por un momento nos rescata de la rutina y de la vulgaridad. Me invade, también, el deseo innato del frenesí, quizá de contagiar con su esencia a los seres humanos que se encuentran abatidos, débiles, deprimidos, por la realidad que succiona, como una sanguijuela, la sangre de su yo sagrado: la corrupción, la pandemia con todas sus variantes, contradictorias, mercantilistas, mercenarias, como el sicario que reza para no fallar el tiro de gracia sobre su víctima, la pobreza, el crimen generado ideológicamente en la legislatura para matar a un indefenso en el vientre materno según los meses de gestación. En tiempo de crisis no perdamos el frenesí. El misterio del hombre, unidad y solidaridad, nos mantiene con buena salud y con mente positiva. Transcribo estos versos de Fernando Tejada (Julio Emilio Pacheco) en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1964-1968): Cuando los dos estemos muertos nada habrá de estas rosas, ni de estos versos. Mientras dure el amor ámame, entonces.