Objetos perdidos

Fernando Oñate

¿Sabía usted que, desde hace muchos años, en Japón existe todo un sistema para recibir, almacenar y devolver los objetos que la gente pierde en la calle? Este sistema es tan eficiente que en 2019 recibió en promedio 7700 artículos por día.  Lo curioso es que cerca del 90% de los teléfonos móviles que se pierden son regresados a sus dueños, al igual que el 70% de las billeteras extraviadas, lo propio ocurre con documentos personales, tarjetas de crédito, etc., e incluso cantidades importantes de dinero. 

Cuando un japonés encuentra un objeto que no le pertenece, lo entrega a la policía y son ellos los encargados de enviarlos luego a la oficina de objetos perdidos, que se encargan de su devolución. De esta manera, la mayoría de los artículos perdidos son devueltos a sus dueños el mismo día.

El sistema funciona gracias a la honestidad de los japoneses que conocen claramente el principio de la honradez. Parte de su educación se basa en el concepto del “hitono-me” que quiere decir “ojo de la sociedad”. A los japoneses les importa mucho cómo otra gente ve su conducta.  La cultura del pueblo japonés evita que la gente haga cosas incorrectas, incluso sin presencia policial. Si bien Japón dista mucho de ser un país perfecto, posee rasgos culturales verdaderamente deseables.

En nuestro medio la situación es diferente: los objetos perdidos casi nunca se recuperan y en muchos casos no se pierden, se los llevan, incluso empleando la fuerza. Al parecer el ojo de nuestra sociedad tiene una visión distorsionada, pues se celebra la viveza criolla, se elogia al que se aprovecha y se desdeña al que no, se requiere padrinos para bautizarse y don dinero es el medio para evitar la sanción. Quizá para mejorar esa visión primero debemos ver la viga en el ojo propio antes que la paja en el ojo ajeno.

Una educación basada en el respeto a los derechos de los demás evitará que un día se tenga que recurrir a insólitos decretos presidenciales que casi aprueban el robo y sus variantes y acentúan la impunidad de los actos delictivos.

Al parecer, nuestra sociedad no ha entendido que “Vale más lo poco ganado honrradamente que lo mucho ganado deshonestamente” (Proverbios 16). Es nuestro deber “esforzarnos por presentarnos ante Dios aprobados, como obreros que no tienen de qué avergonzarse y que interpretan rectamente la palabra de verdad” (2 Timoteo 2). Al final las ganancias deshonestas no duran, desaparcen; como dice la palabra, “caen en saco roto” (Hageo 1).