Perseverar hasta el fin

Fernando Oñate-Valdivieso

Hace poco escuché nuevamente la historia de José Alvarenga, vagamente la recordaba, la increíble historia de este pescador salvadoreño fue noticia mundial hace casi una década. Este hombre, junto a Ezequiel Córdova, otro pescador, habían iniciado su faena normal de pesca en noviembre de 2012 en las costas de Chiapas (México) y al encontrarse mar adentro, fueron sorprendidos por una fuerte tormenta que casi lleva al naufragio a la frágil lancha en la que navegaban. Sin poder comunicarse con tierra y al no tener manera de regresar, quedaron a la deriva y fueron arrastrados por las corrientes oceánicas. Para sobrevivir, bebían el agua lluvia y comían peces, tortugas y aves crudas. Ezequiel sobrevivió cuatro meses y su cuerpo fue lanzado al mar. La travesía de Alvarenga duraría 438 días y terminaría a finales de enero de 2014 con su arribo a las islas Marshall, a diez mil kilómetros de su punto de partida. Esta historia, imposible para algunos, y no exenta de polémicas, nos muestra el poder de la perseverancia.

La perseverancia es aquel esfuerzo permanente que es necesario para lograr los objetivos que nos proponemos, sin importar las adversidades, comprendiendo que precisamente los contratiempos entrañan un aprendizaje y nos conducen a superar cualquier obstáculo. La perseverancia delinea nuestra actitud frente a la vida y es una cualidad que permite que otras sean desarrolladas.

Para nuestra vida espiritual, la perseverancia es un elemento clave, especialmente cuando de la salvación se trata. Es claro que “gracias a que Cristo Jesús derramó su sangre, tenemos el perdón de nuestros pecados” (Efesios 1) y “por gracia hemos sido salvados mediante la fe; esto no procede de nosotros, sino que es el regalo de Dios” (Efesios 2), un regalo para sus hijos: “a todos los que lo recibieron, a los que creen en Él, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1), pero si no perseveramos en el camino que el Señor nos muestra, podemos perder el regalo que nos fue dado.

Jesucristo les decía a sus apóstoles “más el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24), por ende, el regalo de la salvación debe cuidarse. El apóstol Juan escribía “Aférrate a lo que tienes, para que nadie te quite tu corona” (Apocalipsis 3) y si toda desobediencia recibe su justa retribución “¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos esta gran salvación? (Hebreos 2).

Cuando decidimos cuidar ese tesoro, frecuentemente surgen obstáculos “porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida” (Mateo 7), pero el Señor nos dará la fuerza para perseverar; al final, un mar tranquilo, nunca forjó un buen marinero.