Un ángel volvió a su cielo

P. Milko René Torres Ordóñez

La vida, como un don de Dios, tiene su misterio porque nos plantea preguntas sin respuestas. Una de ellas es la muerte. Todos nos volvemos muy sensibles cuando un ser querido se va de este mundo. Queda, como canta Alberto Cortez, un espacio vacío que no lo llena la llegada de otro amigo. No somos inmortales, sin embargo, tenemos miedo a aceptar la realidad de una partida inminente, o de un viaje sin retorno. Encontramos, en la ruta señalada, muchos signos. Nos corresponde aplicar el método del ver, juzgar y actuar. Somos seres contingentes.

Hace unos días se despidió, sin avisar, otro ángel. Hasta ahora no entendía la razón por la que en mi corazón y en mi mente se despertó el deseo de recrearse con el Ave María de Schubert. Me pregunto, una vez más, si se trató de otro destello del amor divino. Dios escribe recto, sin ninguna retórica, los dictados sencillos y eficaces de su voluntad. En la aurora de este nuevo día recuerdo una escena decisiva y tierna. Surge una mujer muy joven, llamada María, en la que el sello entre un amor eterno, en apariencia imposible porque viene de Dios, y nuestra fragilidad, tan efímera y posible, como cada estación, marca un antes y un después en la historia y en el tiempo. Estos momentos muy especiales guardan una fina relación entre sí. El ángel que volvió a su morada eterna y María, que siempre escucha y acompaña, se encontraron para siempre. Recuerdo, con la ternura de un infante, mis encuentros con mi ángel. Zoila me regalaba el cielo, aquí en la tierra, con la sonrisa más bella. Me devolvía la vida con el abrazo más cálido. Me animaba, en mis penurias, con frases alegres. El diálogo espontáneo y transparente con ella me llevaron a entender la pregunta más obvia, quizá más difícil de responder: ¿Necesitas más señales de la existencia de Dios? Zoila soñaba con la mirada en el cielo, pero con los pies muy firmes en el suelo, para actualizar la espiritualidad de un santo moderno. El día en el que tendría que marcharse viajará segura. La celebración de la Eucaristía, la oración por su alma, la gratitud de una multitud de sacerdotes, a quienes acogía con amor y devoción, serían su carta de garantía para formar parte de quienes tienen la dicha de contemplar cara a cara a nuestro Padre. Los ángeles viven entre nosotros. Zoila nunca se fue. Por ello, no se despidió de mí. Ahora, resuena en mi memoria la más bella sinfonía de nuestra tertulia temporal en su oficina. La clásica y noble ironía, el mensaje de una canción que se compuso para toda la eternidad: “Hasta siempre, mi Comandante…hasta pronto mi Coronel”. Lejos de evocar una parodia ideológica, queda el presente de un pacto de fidelidad. Todo, en nombre de nuestro amado Jesús. Como un modesto corolario en esta prolepsis existencial, asumo el reto de seguir la ruta de la vida. No existe una señal más clara que la imitación de Jesús, Buen Pastor. Tampoco nacerá entre nosotros otra alma, que irradie luz más transparente que la Virgen de Nazaret. ¡Ave, María!