La pregunta permanente construye diálogos de conciencia lectora

Galo Guerrero-Jiménez

El mayor prodigio del acto lector está en que nos sitúe en el plano permanente de la conversación y de la pregunta perenne, de manera que todo tipo de contenido, sea humanístico, científico, técnico, artístico, literario, filosófico, social, ensayístico y, ante todo, la lectura de estudio que nuestros alumnos emprenden a diario en todos los niveles de la educación formal, esté enmarcado en lo que sostiene Pep Aparicio Guardas: “En un horizonte de conversación, intercambio, visibilidad y reconocimiento de otras voces no presentes en el diálogo pero que están vinculadas con él, en ese transcurso, difícil pero necesario, complejo pero ineludible, singular y colectivo, de construir una palabra colectiva, común y, además, articulada con las reflexiones que aquí y ahora” (2021), deberíamos plantearnos siempre desde el plano personal que cada lector tiene para inferir con relativa facilidad el cúmulo de inquietudes que debe florecer en torno a lo leído, si se ubica en el plano de la pregunta, estableciendo un diálogo con el autor, con el contenido real, ficticio, reflexivo, preciso, objetivo, subjetivo y, en fin, que el texto contiene desde el ambiente cerrado y de clausura que el escritor le da como toque final para que ese contenido sea publicado, pero que el lector, una vez que tiene en la pantalla o en su mano esa exquisita porción de lenguaje, madurado y expuesto al estilo de su creador, pueda disfrutarlo, analizarlo, estudiarlo, embeberlo, asimilarlo, reflexionarlo abiertamente, tal como cuando se conversa oralmente con las amistades, con la familia, es decir, con un alguien que  nos escucha atentamente, tal como el lector atento escucha a su contertulio, el texto que, organizado desde diversas formas discursivas, es capaz de generar un acto amoroso de apertura lectora y desde “una práctica de la libertad dirigida hacia la realidad, a la que no teme; más bien busca transformarla, por solidaridad, por espíritu fraternal” (Barreiro, 2018) consigo y con la otredad a la cual se debe desde la más selecta conciencia personal.

En efecto, esta conciencia personal, este preguntar perenne, asiduo, permanente que debe acompañar a todo tipo de lectores en cada estación lectora y desde cualquier lugar y espacio en el que se encuentre, no hay que entenderlo como un concienciar como “sinónimo de ‘ideologizar’ o de proponer consignas [como lo hace el docente], eslóganes o nuevos esquemas mentales, que harían pasar al educando [o al lector en general] de un forma de conciencia oprimida o otra” (Barreiro, 2018).

Se trata, más bien, de una conciencia personal como reflejo de la pregunta continua que el lector le plantea al texto para dialogar e inferir desde “un cambio de mentalidad que implica comprender realista y correctamente la ubicación de uno en la naturaleza y en la sociedad; la capacidad de analizar críticamente sus causas y consecuencias y establecer comparaciones con otras situaciones y posibilidades; y una acción eficaz y transformadora. Psicológicamente, el proceso [de la lectura] encierra la conciencia de la dignidad de uno: una ‘praxis de la libertad’” (Barreiro, 2018) para asumir una actitud ética, estética y lingüísticamente procesada no solo desde el plano hermenéutico, sino desde ese preguntar asiduo y de intriga, en el cual el lector lleva implícito ese cambio de vida mental a partir de lo que lee.

Pues, la clave está en sostener cómo lee cada lector su propio relato, qué lee allí donde está leyendo, qué extrae, qué le pregunta al texto y a su conciencia, cómo se genera ese estado plácido de sentirse otro y lleno de regocijo amoroso, pleno, sustantivo, estéticamente inquieto y abierto a un experiencia, a “un nuevo modo de leer: la literatura [por ejemplo] le da forma a la experiencia vivida, la constituye como tal y la anticipa (…). [en este caso] la escritura es una cifra de la vida, condensa la experiencia y la hace posible” (Piglia, 2015), vivible, armónica.