Un buen deseo

P. Milko René Torres Ordóñez

Los hombres de buen corazón comparten sus mejores deseos. Es propio del ser humano buscar la paz como el don más anhelado y el tesoro más preciado. ¿Qué es la paz y cómo conservarla? Es una pregunta difícil de responder, pero formularla resulta muy pertinente. En el comienzo del nuevo año todos los buenos propósitos son escuchados, escritos, promulgados.

Hace muchos años un líder israelita llamado Moisés transmitió a su comunidad una fórmula de bendición muy acertada: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda tu favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz” (Núm. 6, 22-27). Este texto contiene en su mensaje algunos aspectos que son valiosos en todo tiempo y lugar, de modo especial en el que vivimos. La teología que subyace en el pasaje bíblico menciona al “rostro de Dios” que significa buscar la misericordia y la salvación. La fe lleva a alcanzar la identidad tan necesaria que el mundo busca. En la lengua hebrea, la palabra “shalom” enseña que la vida sin ella pierde su esencia.  Con la paz construimos un todo armónico en plenitud. ¿Quién de nosotros no anhela un entorno cabal y sano? Si la paz no viene de Dios no podríamos habitar en un espacio de fraternidad y de justicia. Es justo reconocer que recibimos a diario muchas bendiciones con la finalidad de estar bien. La guerra ahoga la paz. Las profecías del Antiguo Testamento se cumplen en otro hombre sencillo que nació en un establo, que creció en Nazaret, que murió en Jerusalén porque predicó la urgencia del amor universal. No hace falta nombrarlo. De su voz salió el manifiesto perfecto que le llevó a su donación absoluta por la humanidad: el amor, la alegría, la honradez, la rectitud, el testimonio. Este don mesiánico fundamenta todos los valores que nos dignifican. De modo consciente e inevitable Jesús descarta todo signo de violencia económica, globalizante, política, social. Desde lo cotidiano el universo entendió que con el anonimato de su venida todo cambiaría. Han transcurrido miles de años y su misterio sigue vigente. ¿Por qué el Príncipe de la Paz quiso nacer entre nosotros para quedarse compartiendo cada fragilidad, ingratitud e intolerancia? La paz verdadera tiene su razón de ser en la riqueza espiritual del hombre que busca mejores días con su familia en sus luchas interminables. La presencia de los pastores junto a la cuna de un recién nacido representa la mejor bienvenida al genuino Salvador. Su nombre quedó escrito en el corazón de hombres y mujeres que reciben con amor y libertad su legado. En el presente de la paz viven José y María. De José, el “hombre justo”, de quien habla muy bien san Mateo, de María, la virgen prefigurada en Isaías, mujer y madre, custodia de la palabra viva de Dios, sagrario de su hijo, recibimos la luz que viene a iluminarnos. En el umbral de un tiempo nuevo abramos la puerta a la esperanza. Deseo, en nombre de Dios, que la paz enarbole su emblema de compañera y guía de los proyectos que anhelamos llevar a cabo. Como buenos hijos tributemos el honor y gloria.