Dormición y percepción de un texto leído

Galo Guerrero-Jiménez

El conjunto de palabras que en silencio pasivo viven en el texto, silenciosamente adquieren vida activa únicamente a través de la conciencia del lector. Ese lenguaje inactivo que eternamente reposa en el texto, espera con una pasmosa paciencia a lo largo de los años, incluso cientos y hasta miles de años, como el caso de los grandes libros consagrados por el canon universal como lo más excelso que ha producido el talento humano: La Biblia, El Corán, La Odisea, La Iliada, los libros de Aristóteles, de Platón, El Quijote de la Mancha y una cadena de obras literarias, filosóficas, teológicas, antropológicas y científicas que han atravesado el tiempo de la historia humana brindando su conocimiento y sabiduría al lector que sabe adentrarse en esas historias textuales llenas de un profundo humanismo.

Pues, en este caso, toda esa enorme grandiosidad intelectual plasmada a su modo en cada autor en una época y en una cultura determinadas, en un conjunto de lenguaje estético, armónico e ideológicamente concebido en un texto, “solo existe en función de otro que lo devora aunque sin exterminarlo, es decir, lo interpreta y lo trasciende sin agotarlo” (Egüez, 2009). Por eso, esa historia literaria, o de la índole temática que sea, puede pervivir a lo largo de la historia humana aportando sabiduría en la medida en que el lector logra significar ese lenguaje que le puede ser familiar o quizá muy extraño, pero que, de una o de otra manera, le es representativo a ese lector que se deleita leyendo a su manera, dependiendo del ángulo de su personalidad que tiene para percibir ese mundo de lenguaje escrito, tal como le puede suceder a un lector cuyo atractivo temático es la filosofía.

En este caso, como lo dice Aristóteles en su Metafísica, “el filósofo, que posee a la perfección la ciencia de lo general, posee por necesidad la ciencia de todas las cosas, porque un hombre de tales circunstancias sabe en cierta manera todo lo que se encuentra comprendido bajo lo general” (2021). Y es con esa mirada que devorará el texto leído: sin exterminarlo e interpretándolo con asombro en una relación muy personal con el mundo que en su contexto solo él percibe filosóficamente, y quizá de manera muy diferente como, en su época de escritura, lo concibió el autor.

Al leer un texto, por lo tanto, es el lector el que, a su manera, objetiva esa realidad textual, pero de una forma subjetiva, porque se trata de un espectador de esa historia escrita que la lee y la trasciende desde su condición de existente, el cual tiene su propia explicabilidad o percepción estética, axiológica y hermenéutico-cognitivo-simbólica, que no siempre coincide con la del resto de lectores o con la del autor a la hora de haber plasmado por escrito su obra.

En efecto, es el lector, y nadie más que él, el que le da vida a ese conjunto de palabras adormitadas que silenciosamente esperan ser interpretadas, valoradas y despertadas de esa eterna dormición en que el texto reposa y que, de vez en cuando, es despertado por ese lector acucioso, curioso, irreverente, pero profundamente motivado para saber, como en el caso de la ficción., que “la literatura reflexiona sobre sí misma, es ‘autorreflexiva’. Las novelas tratan hasta cierto punto de las novelas, de qué problemas y qué posibilidades se encuentran al representar y dar forma o sentido a nuestra experiencia” (Culler, 2009).