Matar con la indiferencia

Sandra Beatriz Ludeña

En estos días hace frío, mucho frío. Y aunque en las calles, abriga un tímido sol, todo lo demás delata la helada desolación.  Los parques y plazas siguen viendo pasar la gente fría.  Y se me dio por recordar cosas de tiempos pasados:

En el colegio, entre compañeras conversábamos y los problemas amorosos no se hacían esperar entre tertulias; las chicas más desenvueltas, tenían novio y las tímidas, escuchábamos cómo hablaban de las encrucijadas de la relación.  Una de ellas, —amiga queridísima de esos tiempos—, con mucha frecuencia instaba: “Mátalo con la indiferencia”.

Hoy, ya no se trata de un amor de chiquillos, hoy se trata de la convivencia en sociedad que está dando al traste.  Y la gente sigue practicando ese “Mátalo con la indiferencia”.

Ni las chicas de ese tiempo, ni las de hoy se deben haber dado cuenta, que ahora se mata así, a diario.  La sociedad anda más desdichada que feliz, sin embargo, seguirán siendo indiferentes, diga lo que se diga.

Hoy tengo para contar que me encoge la tristeza, porque aunque quisiera, no puede ser indiferente, en el camino me encuentro con tantas desolaciones, tantas injusticias, y me pongo a pensar, ¿cómo es que las personas estamos tan frías?

Conozco unos ancianos que han pasado por un viacrucis por cobrar una indemnización por jubilación.  Fueron diecisiete los desdichados, sobre los cuales recayó un desquite del año 2017.  Tengo unas fotitos, del día en que forzosamente les dieron el alta, para que salgan a descansar tranquilamente —dijeron—.

Nada resultó como se esperaba, dos de ellos ya murieron. Otros, están enfermos, con dolencias graves.  Sufren porque no pueden tener una vida holgada, y la institución que los jubiló, ahora les ofrece, que les va a cancelar —lo que antes negaron—, pero, tienen que esperar al fin de año.  Les pide que esperen, que sigan esperando.

Mientras tanto, uno que está amputado, tiene problemas con la prótesis, que ha llegado a lastimar el moñón donde termina la amputación de la pierna.  Tiene dolor, no puede movilizarse.  Ha acudido a la seguridad social para que lo ayuden, lo transfirieron al hospital regional, que tampoco tiene lo que necesita complementar en esa prótesis, para que tenga mejor calidad de vida.  Le dicen que compre con su dinero, que ellos no tienen presupuesto. Así fríamente.

Tan fríamente, que da escalofrío pensar que matan con la indiferencia.  Hay más casos: otro de ellos tiene enfermedad catastrófica, —Y a mí que me importa— contestan los que oyen los ruegos de los familiares en la entidad patrona.  Así, los ojos de aquellos que soñaron con salir del trabajo a descansar tranquilamente, se humedecen, sea por dolor, sea por desconsuelo.  Porque los están matando con la indiferencia.