David Rodríguez Vivanco
El campesino ecuatoriano demostró que sabe valerse por sus medios y esperar poco o nada de las promesas gubernamentales, siempre demagógicas y beneficiarias cuando se cumple a medias a los círculos políticos de las cabeceras cantonales.
Son poblaciones sin carreteras; campos sin riesgo, deforestados, desertificados y marginados, fuera de los planes generales de desarrollo nacional y local. Sin embargo, el campesino sigue creando su propia riqueza y extrayéndola de los pequeños valles y suelos ribereños.
Para conocer mejor al hombre del campo, sin desestimarlo o denigrarlo, hay que saber cómo trabaja y cómo se divierte. Juzgarle dentro del ambiente que no sea el de la faena y su medio social, es juzgarle parcialmente. Hay que observarle en su vida diaria y trabajo duro, porque en la ciudad se transforma se hace bribón y ambicioso. Las autoridades reflejan su indisciplina; como amigo es franco y leal; gusta de la mujer voluptuosa; en sociedad es conversador, malicioso, ingenuo, supersticioso, fanático, alegre, positivista, generoso, bebedor y fantaseador.
Fuera de su trabajo tiene pocas actividades. Se levanta a canto de gallo, desayuna consistente con plato de arroz mote o un majado de guineo y taza de café, luego sale al campo y trabaja en él, vuelve a casa y almuerza con repe o alverja con poroto o guineo y las yucas sancochadas; bebe agua de la olla de barro, con tascos de panela. Vuelve a sus actividades pecuarias, después de reposar en la hamaca. Se baña en la quebrada o el río y se acuesta temprano, para tener el entretenimiento del pobre y después muchos hijos. Algunas veces se reúne en vecindario para jugar rumi o casino; cuida a sus gallos de lidia, conversa con ellos y contempla la pasada del gallo o las riñas de prueba y entrenamientos para las peleas de la fiesta grande. Algunos tocan guitarra y cantan canciones. Los domingos bajan a la misa del poblado cercano o la barrial, con su postura blanca, limpia y nueva. Después del santo entretenimiento de la misa, juega vóley o beben. Apuesta y asiente la pérdida o ganancia, pero de todos modos asiente.
Juega al vóley para hacer más elástico su cuerpo, al igual que la gran mayoría de los campesinos lojanos. La desigualdad del terreno permite la instalación de canchas pequeñas. Le cuesta sudores en las mingas de desbanque y terraplén.
Muchos campesinos fronterizos, por tener tierras propias, son agricultores profesionales; tienen a su favor circunstancias etnológicas, económicas y climáticas. Su cultura es propia y les diferencia del resto provincial, producto del aislamiento en que ha vivido por largas centurias; de la edad de las vestimentas, de los cañaduzales y de las acequias; traída de la escuela y cultivada en el periódico y el libro; una cultura de hombres que saben tomar a la vida agraria como esposa.
En su mayoría viven en un misticismo incomprendido y extravagante, en el que se debate el fetichismo indígena y afroamericano. Son hombres audaces, fuertes y al mismo tiempo crédulos, que fácilmente se dejan arrebatar por las supersticiones más absurdas. Preservan creencias en el que predomina el antropomorfismo del primitivo y el animismo de la conquista y colonización; miedo enfermizo de las primeras multitudes espantadas.
