¿Por qué deberíamos tener cuidado con lo que consumimos?

David Rodríguez Vivanco

La suma de todos los motivos tiene un resultado. Es crucial saber que la información moderna y su modo de consumo conlleva a efectos a medio y largo plazo, que antiguamente podían intuirse y que, con la aparición de internet, y su crecimiento tumoral en los ámbitos sociales, se han acelerado provocando cambios psicosociales. En esta guerra de titulares sensacionalistas que caricaturizan, reducen al absurdo y simplifican; nuestro entorno magnífica las dicotomías y los términos absolutos día a día.

Contamos con un excesivo volumen de información que propician un estado de convulsión constante. Se generan impactos mentales cada vez más fugaces parecidos a los efectos de una droga, exigiendo dosis renovadas, potentes y amarillistas. Eso nos inmuniza gradualmente ante el horror, la injusticia, la corrupción, el abuso de poder y la contaminación.

En definitiva, se condena a la frustración y desde ese infierno se cae en la inacción. Todo duele, sacude, molesta u ofende durante tan pocos segundos que no da tiempo a tomar medidas, como mucho se lanzan hashtags o campañas de lazos, mientras la conciencia se diluye con la siguiente marea de titulares. Sumado a lo anterior se encuentra una sociedad polarizada, sedentaria, pasiva y conformista, que termina siendo dispersa.

Si tienes la posibilidad de comparar entre décadas, es probable que el cerebro no tenga la capacidad de procesar un entorno tan mezclado. Se cree que la materia gris es como una computadora que cuanta más información procese más inteligentes nos vuelve, esa es la ilusión del paradigma moderno. Pero no es culpa nuestra, nos vemos reflejados en el transhumanismo, en la inteligencia artificial, en el cine y en mentiras probadas. En realidad, cuanta más información superflua procesamos más fragmentada está nuestra percepción y más dificultades encontramos a la hora de pensar.

Años de evolución nos han preparado para la vida en comunidad, para la supervivencia, para la reflexión, para el aprendizaje multidisciplinario. Sin embargo, cada vez pasamos más tiempo solos y aislados, incluso en compañía ocupamos el ancho de banda y somos cada vez más inútiles porque, aunque tenemos opinión superficial, no sabemos de nada en profundidad.

En este punto se debe admitir que estamos dispersos y lo hemos consentido a cambio de tecnología, nos hemos dejado preparar sin miedo ante la ilusión de controlar el mundo desde una pantalla de 7 pulgadas cuando en realidad es todo lo contrario por lo que no es necesario recurrir a grandes conspiraciones.

Es evidente que el mundo necesita estándares, seres homologados que consuman y produzcan cultura popular, pero eso es algo fácil de conseguir gracias a la ilusión llamada opinión, que busca calmar nuestra inacción de conciencia frente a las urnas.

A pesar de manejar más datos que nunca somos incapaces de forjar el pensamiento. Tenemos el material para construir un ideario que nos posicione en la realidad, un paradigma, un marco ontológico que desarrollar libremente a nuestra imagen y semejanza.

Vivimos apagados. Entre las redes sociales, la ficción y el consumo, no hay cabida para la empatía, para la acción, para madurar, para ubicarnos en nuestra naturaleza humana, en nuestros proyectos personales; porque somos consumo, tendencia, target o distribuidores. Simples baterías durmientes de un mundo de plástico y neón.