El registro microscópico y abierto de la lectura provoca una condición ética

Galo Guerrero-Jiménez

Son infinidad de mundos posibles los que aparecen en cada lector que, desde lo recóndito de su mundo interior, los cristaliza fenomenológica, cognitiva y significativamente en orden a saber cómo vivir, cómo enfrentar su realidad, de manera que ese mundo de ideas que individualmente lo promueven a la toma de una consciencia lectora, sean el vector que ilumine su frágil condición humana desde distintos modos muy personales que la lectura provoca, dado que, el contenido de lo leído, le hace ver la realidad, siempre desde el contexto de su forma de vida que particularmente cada lector la vive en su diaria cotidianidad.

Por lo tanto, cada lector sabe cómo se encuentra con el texto; es decir, en cada lector hay un historial lector muy exclusivo, que fluye según el impacto que le provoque cada palabra, cada enunciado, cada porción de lenguaje que se convierte en un registro microscópico de lecturas, las cuales, sumadas, hacen un macrocosmos de ideas que, al alojarse cognitivamente, le provocan al lector una nueva realidad de conducta estética y metalingüística, de disfrute y de percepción ética, dado que, como señala Ricardo Piglia, “la lectura es a la vez la construcción de un universo y un refugio frente a la hostilidad del mundo” (2015), puesto que, no hay nada más real que el acto de leer, acto en el cual el lector se refugia según haya logrado construir fenomenológicamente ese mundo ideal que en la imaginación fluye a su manera, para desde ahí, enfrentar la realidad de la vida, de la suya y en mancomunidad con lo citadino: pues, desde esa realidad, ese lector seduce al mundo activamente, o se deja seducir pasivamente; se mantiene lejos, o se acerca al mundo para actuar desde la esencia de su ser, significativa y abiertamente.

Desde esta realidad lectora aparece una ética, es decir, una manera de ser, que no es cualquier manera, incluso como la de una gran mayoría de estudiantes que solo leen para cumplir una tarea; pues, ellos también han conformado su propia ética; por supuesto, en este caso, alejada de uno de los condimentos muy esenciales que se fraguan cuando se lee por amor: el gusto, el disfrute de ese lenguaje altamente calificado como estético.

Claro, la eticidad microscópica del lector, si logra crearse desde lo estético-contextual, solo es factible, como indica Antonia de Vita: “Allí donde hay relaciones y deseos que crean un contexto, donde se trabaja sobre las condiciones y el ambiente para crearlo, donde de eso se hace la misma educación y formación, donde se cuida que un proceso y un recorrido sean capaces de ser subjetivos como los deseos personales y que puedan compartirse con los otros, allí hay una filosofía práctica de la formación” (Citado en Freire, 2021) lectora; es decir, un búsqueda personal para leer con entusiasmo, con interés personal, y con la voluntad y libertad más oportunas, autónomas, las cuales nos llevarán a una gran tención creadora y, por ende, a un gran despliegue fenomenológico de la imaginación.

Por lo tanto, el registro mental que microscópicamente cada lector lleva a cabo estéticamente, es el que lo promueve a una ética de la lectura; sí así procediera todo estudiante y, por ende, todo docente, más bien dicho, todos los lectores, pues, esa ética se transformaría en un amor por la lectura, tan hondamente sentido que entra en consonancia con lo que señala Joan-Carles Mèlich: “Leer es un proceso abierto, y el verdadero maestro no es aquel que interpreta el texto de una manera y transmite esa única interpretación a sus alumnos; el verdadero maestro no es aquel que revela El Sentido del texto, sino aquel que sitúa a sus alumnos en el camino de la interrogación” (Citado en Freire, 2021) y planea sus inquietudes desde el ámbito inferencial y, por ende, desde el despertar de su conciencia lingüística.