¡Alguien cantó…!

P. Milko René Torres Ordónez

A modo de confesión pública me permito hablar de mis pasiones: Dios, Fe, Palabra. A ellas sumo el amor al arte en todas sus manifestaciones. Decía san Juan de la Cruz que no podía vivir sin Dios. Santa Teresa de Jesús anhelaba morir para vivir y alcanzar la dicha más eterna que se sintetiza en la contemplación del Amado. Para santa Teresa de Niño Jesús la Palabra de Dios era la razón de su vida. Según san Ignacio de Loyola encontramos a Dios en todas las cosas.

Podría recrearme un poco más en el Cantar de los Cantares como la cima de la literatura mística. Me detendría en la sensibilidad de David frente al Arca de la Alianza. Dios habla al modo humano a través de la palabra del hombre. En esta malla de pasiones la alegría y la fortaleza no pueden faltar según las circunstancias que la vida nos presente. Nos encontramos en las puertas de la celebración de la Navidad. El Adviento, la antesala del gran acontecimiento que es la Encarnación del Verbo, me ha mostrado muchas realidades, alegres, dolorosas, inexplicables, sublimes. Alguien cantó esta melodía: Jesús ¿Quién eres tú? Una pregunta que abre el telón de otras preguntas. La respuesta se puede encontrar en el intríngulis del laberinto llamado misterio. Viene a mi memoria el recuerdo de un domingo en una parroquia vecina. Su Párroco se despertó a media noche con su Templo en llamas. ¿Cómo apagó el incendio? Con toda la alegría que irradia su fe. La sonrisa que se dibujó en sus labios demostró la riqueza de una vocación que viene de Dios. La respuesta no puede tener mejor explicación: Señor ¿Qué me quieres decir ahora? Llegó el momento de cumplir su voluntad. El Fiat de María cambió la historia del mundo. Para Dios todo es posible. No hay lugar para la duda. Tampoco para la esclavitud ante la dificultad. La luz venció a la oscuridad. Necesitamos beber de la fuente de agua viva, de Jesús, Pan de Vida, Camino, Pan de Vida, Testimonio. Aunque estemos soportando el peso del dolor y de la amargura el amor trae libertad. Enseñaba san Pablo, desde su prisión en Roma con la visión de su martirio a causa de Jesús, que la libertad nunca está encadenada. Pase lo que pase en nuestra vida no podemos separarnos de Dios. En la mística de san Juan de la Cruz el encuentro con Jesús disipa el manto espeso de la oscuridad. Este Adviento define el fin último del hombre: agradar a Dios, no a los hombres. No podemos negar a Dios. El acompañamiento constante nos conforta y nos llena de seguridad como alimento indispensable. En pocas semanas vamos a escuchar el canto de los Ángeles en la gloria de Dios y en la paz de la tierra. La partitura final de este himno tiene que completarse con la respuesta del hombre ante la propuesta divina. Las buenas acciones son cada vez más urgentes. Cada testimonio de vida escribirá en los renglones de la existencia que Dios es amor. La suma total de las gestas solidarias otorgará la valoración más alta a la civilización del amor. La felicidad no se negocia.