El eterno testigo

P. Milko René Torres Ordónez

En la antesala de la Navidad muchos sentimientos, como viajeros ilustres en el tiempo, vienen a mi mente. ¡Cuántas celebraciones he vivido! No me detengo en el súbito abrazo de la nostalgia, o en el vacío que queda después de todo. La despedida con los seres queridos marca una huella que no se borra con otra. La Navidad es esperada, irrepetible, única. ¿Por qué? Lo sabemos. En el camino que transita una humilde familia de Nazaret hasta llegar a Belén suceden muchas cosas.

José, hombre justo, vivió muchas noches oscuras entre el amor, la incertidumbre, la fidelidad y amenaza de la aplicación de una ley tradicional y, en muchos casos, fría e inhumana. El fuego de la sospecha humana que invadió su ser se transformó en obediencia, signo de respeto ante la inocencia manifiesta de su esposa, María, certificada por la voz del mensajero de Dios. El amor sin límites supera todas las divagaciones. Evita conjeturas y actos de desamor. José recibe en custodia al hijo de Dios, a quien le pondrá el nombre sobre todo nombre. Emmanuel, Dios con nosotros, Jesús, el salvador. El censo, que obliga a todas las familias a desinstalarse con la finalidad de cumplir con lo mandado, crea una nueva crisis en la Sagrada Familia. El traslado de una mujer embarazada en condiciones precarias dice mucho. La cercanía de una llegada con alto riesgo a un entorno convulsionado como Belén merece un espacio y un tiempo intenso de discernimiento y de reflexión. Más allá de la pregunta existencial: ¿Qué pasará allí? Brota la semilla de la esperanza y de la fe. José tiene la responsabilidad, con la ayuda divina, de organizar aquello que no se puede detener, tampoco evitar. Son los caminos de Dios los que muestran lo que no esperamos, ni imaginamos. En un pesebre nace la Vida. Nueva y transformante. El Emmanuel ya está con nosotros. La salvación ha llegado. José ha empezado a cumplir su rol paterno junto con la Virgen anunciada por los profetas. Puede resultar, hasta cierto punto, romántica la manera de entender a José. Por encima de todo es el prototipo del esposo, obrero, padre, de una familia a la que podríamos llamar atípica. Desde Belén hacia la cruz y hacia la luz. Sobre José escriben muy poco los autores del Nuevo Testamento. El mundo creyente ha llegado a conocerlo más. Este conocimiento ha permitido identificarlo con la perenne realidad de las familias y de los hombres de ayer, de hoy y de siempre. La Navidad tiene como centro el misterio más grande que ha sobrepasado cualquier criterio, por diverso que pueda ser, transformante e inmortal. La encarnación del Verbo. La Palabra que puso su morada entre nosotros ha llegado a ser muy cotidiana, al margen de un mercantilismo exacerbado y de un espíritu pagano que resurge como un monstruo dispuesto a arrasar con todo lo que encuentra en el mundo espiritual de cada persona. La nostalgia, con toda su carga emocional, viaja en el tren de la vida. José es el eterno vigilante de la familia que Dios le encomendó alimentar, cuidar y proteger en la tierra. A nosotros también llega su paternidad. Testimonio de amor.