David Rodríguez Vivanco
El chazo lojano empezó por su cuenta una obra demográfica especial. Infiltrándose en todas las capas sociales, perfeccionándose y educándose superó a las clases altas y aristocráticas. Sus opiniones y aportes tienen la calidad genuina del provincialismo de tradición, muchas veces auténtico, profundo y sin el olor de un urbanismo enmohecido.
Como un término más comedido se le denomina provinciano. Ha sabido ubicarse geográfica, social y económicamente, hasta clasificarse en chazo citadino y burgués; ha sabido intervenir en ejes políticos, militares, comerciales y bancarios; formando filas de aristocracia y constituyendo a modernas élites.
Las casas donde viven son pequeñas. Construcciones mixtas, ya no imitaciones a la naturaleza sino más bien algo modernizadas y funcionales. Ya no es la casa de bahareque, que huele a humo, paredes resquebrajadas, con parches y techumbres removidas por los vientos.
Los niños juegan en los corredores, muchas veces al aire libre con el sol, sin la tecnología contemporánea, pero en un hogar espiritual y físico admirable. El chazo viene a constituir una semiraza lojana, algo como el principio de la “raza” cósmica americana propugnada por José Vasconcelos y que habrá de surgir del mestizaje de los pueblos americanos hechos con ingredientes autóctonos e ibéricos.
Tienen endurecidos y ablandados sus rasgos sociales por el ambiente; acentuadas o enervadas sus tendencias por la acción del clima; alterada su circulación y la eliminación del gas carbónico por la presión atmosférica; un comportamiento social, forma de trabajo, economía y moral sexual muy diferente al poblador norteño. Cada cual tiene su alianza secreta con las fuerzas naturales. La inferioridad social es sólo para los antropólogos y sociólogos que ignoran la conquista y colonización como forma de inserción del masoquismo y el sadismo.
Algunas veces, en el chazo sureño fronterizo encontramos la neurastenia del hombre litoreleño; se identifica al montuvio, sensual y parrandero. En el centro provincial, el chazo es de mejor físico, de plástica más perfecta. Todos son letrados, leen como quien huye.
Si la naturaleza es inconstante en sus manifestaciones, el agricultor también lo es. Por eso se dice “lojano alcanfor”. Tiene mucho de esa indiferencia llamada quemeimportismo a esa proverbial manera de mirar a los asuntos de la tierra, a esa inercia cómoda de los mendigos que tienen el estómago lleno. Inconstante con la naturaleza y los hombres. Vivir es adaptarse. Teatralmente valiente. Le gusta la pelea, demora la conversación larga y la conquista amorosa arduamente amasada.
Hay de todo en la chacería; pero hay más hombres que saben afrontar a la naturaleza agresiva. A los dos años de una devastadora sequía abandonaron su casa y su parcela, pero regresaron a sus pegujales y cuando estaban curándose del paludismo se presenta una serie de movimientos sísmicos que destruyó poblaciones y barrios fronterizos. Una vez más, el campesino lojano ha demostrado que ha sido creado para soportar las adversidades, el abandono y esta dura y caprichosa geografía.
